El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 49 de 84

Páginas del PDF

El discurso vacío

17 de diciembre

Hace un par de días hice una jugada peligrosa, pero ahora me alegro mucho de haberla hecho: envié un fax a la agencia que me compra los crucigramas, pidiendo un nuevo precio. Si me sale bien, contaría con un poco de dinero oxigenante. Si me sale mal… bueno, tendría que pensar en otras cosas.

En realidad, lo más difícil de todo es tomar la drástica decisión de separarme de Alicia. Si pudiera tomarla, de una manera clara e irreversible, sé que encontraría de inmediato los medios para abrirme camino. Pero no he podido tomar la decisión. Especulo con eso, pero algo muy fuerte —más fuerte que el miedo— todavía me tiene atado. Debo profundizar en esto mucho más. Pero temo engañarme, o dejarme engañar por ella. Por más que todo está muy claro, ella vuelve a hacer algunas jugadas, ciertos trucos, que de pronto entreveran todo y hacen relucir brillos de esperanzas (falsas). Y yo decido seguir esperando, y esa nueva espera me gasta un poco más, me quita un poco más de vida, deshace cada vez más los restos de autoestima, y sólo me va quedando una inútil lucidez para contemplar, pasivamente, cómo me voy hundiendo en forma definitiva.

 

17 de diciembre

Creo haber descubierto la razón por la cual estos ejercicios que comenzaron siendo caligráficos, a menudo degeneran en otras cosas. Ello se debe, según mi teoría, a la falta de comunicación directa con Alicia. Como yo comencé por dejarle estas hojas en su mesa de luz para que fuera controlando los avances o retrocesos en mi letra, eso se transformó con la mayor naturalidad en un medio de comunicación. De allí viene, por ejemplo, la ansiedad que me hace escribir apresuradamente cuando tengo algo importante que comunicar. Digamos que esta es una extraña forma de vida; uno vive, y piensa, siempre en función de otra persona que por lo general no está presente y que, por lo general, nunca puede saberse con certeza cuándo va a estarlo. Así uno va escribiendo estas cosas, en principio intentando honestamente hacer un ejercicio caligráfico, pero a menudo uno se transforma en una especie de náufrago que escribe mensajes y los arroja al mar dentro de una botella. En este caso, uno puede contar con la certeza de que todo mensaje llegará a destino, pero la imagen de náufrago me sigue pareciendo adecuada —así como también me parece adecuada la imagen de exiliado que tengo de mí mismo desde hace un tiempo, más en Colonia que en Buenos Aires—. En fin, la cuestión es llenar de renglones estas hojas, tratando de tener paciencia, cuidando el trazado de las letras.