El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 28 de 84

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El discurso vacío

El discurso

 

28 de noviembre

El discurso, pues, se fue llenando con la historia del perro; es un contenido falso, o por lo menos falso a medias, ya que muy bien esos contenidos pueden ser, como todas las cosas, tomados como símbolos de otras cosas, más profundas; pienso que, en verdad, difícilmente un discurso —salvo un discurso político—, un discurso cualquiera, encarado con honestidad, pueda presentar contenidos falsos.

Eso no quiere decir que mi discurso abstracto, mi ritmo, mi fluir, esté determinado por la historia del perro; sí quiere decir que, en el caso de esta historia del perro, ella pueda ser un símbolo de los contenidos reales del discurso, imposibles, por algún motivo, de percibir directamente.

Por ejemplo, en el tramo narrado de esa historia, podría pensarse ese hueco que voy ensanchando progresivamente en el alambrado lindero, como un paralelo de otro hueco, psíquico, que voy ensanchando progresivamente con miras a alguna forma de libertad, no del perro sino mía. Para decirlo de otra manera, algo dentro de mí —y tal vez por eso estoy escribiendo ahora— trabaja secreta y lentamente para horadar una defensa que se ha erigido en mí, un muro también construido secreta y lentamente para defenderme de algo, aunque se sabe que esas defensas, si bien relativamente útiles en su momento, con el tiempo actúan más bien como prisión del espíritu.

Y ahora que lo he pensado y dicho, me viene a la mente una instancia de hace unos pocos años, cuando levanté un muro de defensas no de modo secreto y lento, sino en forma por completo deliberada. O que supongo deliberada; quiero decir que fue consciente, pero tal vez no tenía opciones; tal vez ese algo oculto en mí dio la orden imperiosa de hacerlo, y esa orden llegó a la conciencia y fue asumida por la conciencia como cosa de ella. Me refiero al día preciso —5 de marzo de 1985— en que dejé mi viejo apartamento céntrico en Montevideo y subí al coche de unos amigos que me iba a llevar, definitivamente creía yo en ese momento, a vivir en Buenos Aires. Si bien ese carácter de cosa definitiva no era seguro ni tajante en relación a Buenos Aires, sí lo era en relación a mi apartamento, sobre el que pesaba una orden de desalojo. En el momento de dejarlo yo sabía con certeza que no habría de volver a vivir allí. Y allí había vivido, bien o mal, un ochenta por ciento de los cuarenta y cinco años que tenía en el momento de subir al coche.