El discurso vacío
20 de marzo
Cuarto día consecutivo de ejercicios. Aunque estoy instalado en medio del zumbido desquiciante de las máquinas vecinas, trato de seguir la orientación que hoy Alicia me dio al despertar. Curiosamente, esa orientación viene de mis propias palabras, escritas durante los ejercicios de ayer, que ella leyó antes de dormirse o quizá ya a medias dormida. Yo decía que mi respuesta a los problemas no era la correcta, y que debía intentar cambiar esa respuesta. Alicia me dijo lo mismo esta mañana, y añadió algunas cosas prácticas de su propia cosecha. Seguramente no recuerda lo que leyó anoche de mi ejercicio.
Tengo buena voluntad, pero el problema del zumbido —que viene a agravar o multiplicar los padecimientos de muchos otros problemas surgidos con la mudanza, como lo son por ejemplo el calor, la falta de defensas ante el calor, y la falta de espacio— se hace día a día más intolerable. En estos momentos el zumbido ha ganado en intensidad de un modo asombroso; desafía incluso a los ruidos de la calle. Y se ubica en el mismo centro de mi lugar de trabajo, y lo invade, y crece, y no hay caso de cerrar puertas y ventanas; ahora lo estoy sintiendo en forma de vibraciones, con la planta de los pies apoyada —zapatilla de por medio— sobre el piso de madera. Es como un vibromasaje desquiciante. Mi buena voluntad no alcanza; estoy desesperado por salir de este lugar, apresuro mi escritura todo lo que puedo para terminar de una vez la hoja y salir corriendo. SOCORRO.