El discurso vacío
El discurso
30 de noviembre
Pero me parece prudente retomar la historia del perro y el gato, pues todavía no estoy en condiciones de meterme en profundidad en estos dolorosos temas de mi pasado, especialmente si se piensa que la «psicosis voluntaria», con el correr de los meses y de los años, fue fijándose y haciéndose no tan voluntaria. Hoy me cuesta un enorme trabajo tratar de dar marcha atrás y no estoy seguro de que pueda conseguirlo. Tampoco estoy seguro de que estos contenidos del discurso sean los contenidos reales; es posible que todavía se enmascaren muchas otras cosas. Más que posible, diría que es un hecho cierto; sin embargo, no tengo una pasión psicoanalítica y me contentaría con desvelar moderadamente ese aparente vacío, sin necesidad de remontarme a las primeras causas, seguramente preverbales.
El perro, pues, permaneció indiferente ante ese hueco que yo iba ensanchando día a día en el alambrado. O bien no se le ocurría la posibilidad de salir por allí, o bien se le ocurría pero le parecía demasiado riesgoso. Pasó alrededor de un mes para que se decidiera una tarde a meter el cuerpo entre la varilla y la pared y hacer el esfuerzo de aflojar la varilla un poco más, apenas un poco más, y salir al baldío; para ello debió llegar la época del celo. (Este tema del celo en los perros machos se me ha discutido, y no quiero abrir una polémica al respecto. Es posible que lo que yo llamo «celo» en mi perro sea una respuesta al celo real de alguna perra de las inmediaciones, pero de cualquier manera ello implica un cambio radical en las conductas del perro macho.)
En esa época, según descubrí luego, siempre cambia de personalidad, se vuelve eufórico, maníaco, más agresivo e impetuoso. Así, una tarde pasó con toda facilidad hacia el otro lado del tejido de alambre. Por un rato se dedicó a olfatear el baldío con una mezcla de fruición y de profundo interés, como un verdadero profesional, descubriendo quién sabe cuántas historias ocultas —esas historias que sólo el olfato puede revelar a un perro y que permanecerán para siempre ocultas a los humanos si estos no tuvieron oportunidad de presenciarlas mientras sucedían—. Estoy seguro de que el perro puede interpretar los olores y traducirlos en una comprensión cabal de los hechos que generaron esos olores. Los humanos estamos limitados a algunas asociaciones muy primarias, por ejemplo al abrir un cajón hace tiempo cerrado y percibir fugazmente el aroma de la partícula de un antiguo perfume, adherida hasta ese momento a la trama de una prenda. El aroma excita la memoria pero no añade a los humanos ningún conocimiento nuevo.