El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 45 de 84

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El discurso vacío

14 de diciembre

Anoche tuve otro sueño con agua. Esta vez se trataba de una ensenada pequeña en el río o en el mar. Hacia la derecha había un puente o una escollera, de madera, que pasaba sobre el agua hasta cierto punto. También en medio del agua había trozos de madera, algunos flotantes, otros emergentes, como pilotes. Yo nadaba muchas veces en ese lugar, durante largo rato cada vez, y me sentía bien aunque había en el ambiente cierta tensión de origen político porque acababa de instalarse Stalin en el poder. Todavía no aparecía públicamente como una figura maligna, pero yo sabía que no se podía esperar nada bueno de él, aunque no tenía un temor personal, como si gozara de inmunidad. Incluso le decía a otras personas, al parecer turistas (y acaso yo también lo fuera) que trataran de irse de ese país, pero yo seguía nadando tranquilamente.

En otro orden de cosas (y ya es hora de comenzar a prestar atención a la grafía —no la llamemos caligrafía—), hoy fue el primer viernes de la nueva etapa de mi relación con Alicia, en la cual se supone que el viernes es un día dedicado enteramente a nosotros, a nuestra comunicación y a nuestra intimidad. En realidad, el «día» se redujo a más o menos una hora, tal como yo lo había calculado. Alicia dice que es algo nuevo y que por lo tanto le hace falta ajustar algunos detalles (o, en palabras suyas, «aceitar un poco las cosas»; yo creo que hace falta bastante aceite). El panorama sigue pues incambiado, siempre lo circunstancial desplazando a lo esencial, siempre viviendo en función de pequeñas estupideces sin sentido, y dejando pasar la vida de largo; que otros se ocupen de vivir. Yo ahora voy a tomar mi antidepresivo.