El discurso vacío
4 de diciembre
Me impongo la prioridad de este ejercicio, a pesar de la presión psíquica de otros trabajos, urgentes, a realizar. Trataré, justamente, de esmerarme más que otras veces en este ejercicio para seguir jerarquizándolo ante todo lo urgente y rentable. Es, en el fondo, una lucha por rescatar mi identidad y mis principios, en un momento de gran desbarajuste. Debo evitar ser arrastrado por el torbellino. Este torbellino nace, si no me equivoco, con la entrega de las llaves de la nueva casa; o tal vez antes, desde la búsqueda de una casa y la decisión de comprar esta que se compró. Pero antes era más bien un remolino no tan violento; es con la posesión de las llaves cuando comienza la vorágine. Creo que esto se produce fundamentalmente por la interacción de dos personalidades distintas, casi opuestas, como la de Alicia y la mía. Mi modo de ser me exige, y me permite, realizar las cosas de cierto modo y no de otro. Mi modo de realizar acciones tiene algo de zen; las cosas deben realizarse cuando las cosas están maduras para su realización, y ese momento es algo que debo sentir surgiendo de mi interior. Creo que todo tiene su momento apropiado, que responde a causas misteriosas externas y/o a un acontecimiento interior, a la culminación de un proceso interior de elaboración: llega un punto en el cual uno fatalmente ve, siente, percibe, sabe, cómo deben hacerse las cosas —y en ese preciso instante surgen simultáneamente las fuerzas para hacerlas. Ahora bien: Alicia, quien tiene la modalidad opuesta, yo diría de «falta de respeto por las cosas», cree que las cosas deben realizarse por obra de la sola fuerza de voluntad, independientemente de las circunstancias (externas o internas), contra viento y marea.
(segunda hoja)
Continúo desarrollando el tema mientras espero a una visita, lo que me impide sumergirme en otro trabajo más complejo y más ingrato de interrumpir una vez comenzado.