El discurso vacío
31 de diciembre
En las vigilias vamos avanzando cada vez más rápidamente hacia la mudanza. La gente que trabaja en la nueva casa está dando fin a las últimas tareas urgentes, imprescindibles (después vendrán otras, muchas, durante mucho tiempo); y la idea de empaquetar las cosas, de vaciar los muebles, de distribuir luego los muebles y las cosas de otra forma en la nueva casa, es algo que me desborda. Y en medio de todo esto, las «fiestas».
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La agencia no me negó el aumento que pedí por mis crucigramas; directamente suprimió el servicio. Según el fax, hicieron cuentas y vieron que no les resultaba, ni siquiera al precio habitual. Así que estoy sin trabajo. No sé qué es lo que más me perturba, si el hecho en sí de no tener trabajo, o la mirada de la gente que me rodea, la que de un modo u otro, por gestos, por comentarios, me hacen sentir que estoy en falta, que he pasado a ser sospechoso.
31 de diciembre
No estoy muy seguro de que no haya sido el gato el responsable de la casi pérdida del ojo del perro. Después de aquella primera visión del gato en el baldío, volví a verlo unos días más tarde, una mañana en la que por uno de esos azares me había levantado muy temprano; lo vi al principio como una mancha blanca entre las plantas más distantes del fondo, por la ventana del cuarto, junto al seto vivo. Cuando pude precisar más la visión me di cuenta de que era él, y me sorprendió que se hubiera animado a entrar en los dominios del perro. Al abrirle la puerta al perro para que saliera al fondo, el gato se fue, lentamente, sin huir, por un pequeño agujero entre unas chapas de lata y la tierra. Con el paso de los días, el gato se fue haciendo más visible y osado; mi mujer lo vio y, amante de los gatos como es, de inmediato resolvió darle un poco de leche en una tacita pequeña y sin asa. El gato se acercó y tomó la leche.
Después fue ganando confianza y comenzó a exigir; ya no le bastaba con la tacita de leche, y se quedaba maullando bajo la ventana de la cocina o junto a la puerta de madera con mosquitero. El perro parecía tolerar bastante bien su presencia, ante la cual mostraba un cierto respeto temeroso, pero pronto comenzaron los líos cuando el perro descubrió que también al gato se lo estaba alimentando con carne. En esos momentos cobraba valor y se lanzaba sobre el gato y lo hacía correr y le quitaba la comida. Pronto aprendí a separarlos para darles de comer, el gato en el fondo, el perro de vuelta en el patio interior donde tiene su casilla para pasar las noches. Pero después, cuando el perro volvía a salir al fondo, repasaba maniáticamente, obsesivamente, con el olfato, los lugares en donde el gato había estado comiendo, y se movía con una celeridad de investigador celoso muy parecida a la furia.
El perro tomó luego la costumbre de agarrar su comida entre las mandíbulas y llevársela al baldío, para comer tranquilo. Esa actitud me engañó por un tiempo, pero luego descubrí que el perro dejaba a veces su comida en el baldío y se ocultaba entre unos pastos altos para espiar, desde el baldío y a través del tejido de alambre, si yo le estaba dando de comer al gato, y si era así, surgía de pronto por el hueco como una presencia ominosa y arremetía contra el gato en un galope furioso.
También por esa época el perro tomó la costumbre de acercarse a mí y hacerme grandes fiestas cuando yo salía al fondo; se me acercaba moviendo la cola, ponía ojos tiernos, me apoyaba las patas contra las piernas para que le acariciara la cabeza. En el momento en que yo lo acariciaba y le daba unos golpecitos en el lomo, el perro volvía la cabeza, con los ojos entornados, y miraba al gato con displicente arrogancia. No era un sincero afán de mimos, sino un espectáculo montado especialmente para demostrarle a ese gato que él, el perro, era mi favorito.
Por ese tiempo el gato, para nosotros, todavía era «la gata». Era más: una gata embarazada. En esos primeros días de su presencia en el fondo, mi mujer, que es médica y al parecer también experta en gatos, salió al fondo, examinó al animal con detenimiento, y volvió a entrar a casa con un dictamen terminante: es una gata, y está embarazada. Me preocupó la cantidad de gatos que habríamos de acumular en uno o dos años, y sacaba cuentas del dinero que gastaríamos en carne; ya en ese momento la alimentación de perro y gata se hacía bastante onerosa. Tampoco me gustaba la idea de una multitud de gatos maullando bajo la ventana de la cocina y exigiendo con esa particular insistencia de los gatos. Es cierto que cuando la gata se despertaba de alguna de sus innumerables siestas al sol, se desperezaba y se alejaba caminando airosamente con la cola ondulante en alto, yo tenía la visión bastante clara de unas pequeñas masas perfectamente redondeadas que asomaban entre las patas traseras, por debajo del orificio anal; pero como lego en Medicina y en materia de gatos respeté durante mucho tiempo el dictamen de mi mujer y seguí prestándole a la gata embarazada todo el respeto que su condición femenina y de madre merecía. También dejaba que se me acercara y se frotara lujuriosamente contra mis piernas, e incluso comencé a aplicarle en la cabeza y en los ojos una pasta curativa para una erupción que le había descubierto. Después también mi mujer descubrió ese asunto de las bolas y entonces se estableció definitivamente su sexo.
Así siguieron las cosas, con la única variante de un creciente malhumor y una especie de locura en el perro, razonablemente atribuible a los celos. Más que nunca se empeñó en salir sistemáticamente por el fondo para colarse en la casa por el frente. También aprendió a abrir la puerta con mosquitero, cuando hinchada por la humedad no podía cerrarse con pasador, y por allí meterse en la casa. Lo único que quería el perro era estar dentro de la casa y mostrar su predominio ante el gato, y como esto no se lo permitíamos se instalaba junto a la puerta del frente para recibir a la gente que llegaba y demostrarle en forma práctica la enorme alegría que le producía la visita. Fueron unos meses de intenso trabajo para mí: entre alimentar a los dos animales, mantenerlos separados mientras comían, untar al gato con pomada, hacerle al perro caricias que lo autoafirmaran, pasar el perro desde el patio descubierto al fondo, pasarlo al patio descubierto en penitencia cuando se colaba por la puerta del frente —en fin, se me iban buena parte del día y de las energías.
No es que no tuviera cosas importantes para hacer, entre ellas mi trabajo, acrecentado por las notas para el diario, pero estaba prisionero de un sistema ecológico.
Después sucedieron algunas cosas que, reiteradas, me llevaron a cambiar mi opinión acerca del gato y mi manera de tratarlo. Comencé a observar que el perro se mostraba temeroso de empujar la puerta que da al fondo, cosa que solía hacer vigorosamente cuando quería, o cuando lo obligábamos a salir. Ahora a veces hacía un tímido intento, empujaba apenas la puerta como si no le dieran las fuerzas, y desistía, y me miraba con expresión contrita. Me di cuenta de que muchas veces el gato estaba junto a la puerta, del lado de afuera, como si estuviera esperando al perro para agredirlo.
Una tarde, yo estaba acariciando al gato, y por primera vez este se echó sobre el lomo y comenzó a jugar como hacen los gatos, atrapando mi mano con sus patas delanteras. Pero después se levantó, se frotó varias veces contra mis piernas, y finalmente pasó por detrás y me dio un pequeño mordisco en las pantorrillas y me raspó con las uñas. Eso no me gustó, especialmente porque enseguida el gato se alejó de mí, ondulando la cola, arrogante como un triunfador. La escena se repitió exactamente igual unos días más tarde, y esta vez sus uñas entraron más profundamente en mi piel y me dejaron unos surcos con gotitas de sangre; debí curarme con alcohol yodado. Decidí no jugar más con el gato traidor, y ya lo empecé a mirar con mala cara.
Y otra vez lo vi, aguardando pacientemente como ante el agujero de un ratón, junto al hueco del alambrado por donde solía entrar el perro desde el baldío. Más tarde sucedió que por azar volviera a verlo instalado en el mismo sitio justo en el momento en que el perro entraba, y vi con estos ojos cómo el gato le tiraba un zarpazo contra un costado, y oí al perro dar un aullido de dolor. A partir de ese instante, el gato se acabó para mí. Dejé de alimentarlo, y cuando se ponía muy cargoso, maullando y maullando sin cesar bajo la ventana de la cocina, lo corría a jarrazos de agua o con el chorro de la manguera. Me preocupé de ir restableciendo en el perro la confianza en sí mismo y en el cariño que siento por él. Traté de que notara las diferencias: le daba de comer en el fondo, mientras el gato maullaba inútilmente junto a la ventana o a la puerta.