El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 51 de 84

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El discurso vacío

27 de diciembre

Debo seguir profundizando la idea de independencia, lo cual puede, según como se den las cosas, favorecer una separación o consolidar la pareja. En cualquier caso será una ruptura del statu quo actual, fuente de toda patología. Con respecto a la independencia, esta mañana (o mediodía) el Inconsciente me obsequió un lapsus. Estaba en ese estado de confusión que tengo habitualmente al levantarme, y jamás podré rastrear la cadena de pensamientos que se me dio entonces, pero un eslabón de esa cadena se refería a una persona que yo conozco. En ese momento pensé, en medio de una gran sorpresa de mi parte, algo así como: «Pero Alicia no conoce a esa persona», siendo que la conoce perfectamente. Advertí en ese momento que la imagen de Alicia, o mejor dicho la percepción interior que yo tengo de Alicia, había sido sustituida por la de mi madre. Esa identificación, tan perniciosa, entre Alicia y mi madre, se viene dando desde hace un tiempo (por ejemplo, en algún sueño), y nunca le había prestado suficiente atención ——puesto que es algo que debe molestarme mucho. Pero lo de esta mañana se me impuso, y pude aceptarlo fácilmente, y aceptar al mismo tiempo que es una idea que ha venido tratando de imponérseme desde hace tiempo, y que yo soslayaba, rechazaba, hacía a un lado de mi conciencia. Este debe ser el principal factor de perturbación en mi relación con Alicia. Debo tratar de mantenerme consciente y seguir profundizando el tema.

 

EL DISCURSO

 

30 de diciembre

Han pasado muchas cosas en estos quince días. Demasiadas cosas, para quien quisiera más bien ensimismarse durante un tiempo, despegado de las actividades urgentes, y permitir que el discurso interior se haga más claro, y permitirse prestar la necesaria atención a ese discurso. Pero hoy, en lugar del discurso, me ocupa la mente una musiquita y esto es para mí una señal clara de no haber descansado bien. No sólo esta noche, sino muchas noches. Por una serie de motivos.

La historia del perro por momentos se volvió trágica. Él ya había tomado la costumbre de desaparecer largamente de casa, incluso por las noches, en lo que yo llamo «época del celo», cuando, como había dicho, se vuelve maníaco y agresivo. Durante unos días sólo pasaba fugazmente por casa, a alguna hora de la tarde, para tragar unos trozos de carne. Una mañana, la del miércoles 17, si no recuerdo mal, cuando desperté hacia el mediodía la empleada me dio la mala noticia: el perro había aparecido lastimado, tenía al parecer «algo en el ojo», y ahora estaba encerrado, en el patio descubierto. Era conmovedor. Sentado a la sombra en un rincón del patio, con la cabeza inclinada, expresaba con todo su ser una profunda depresión y, seguramente, dolor. Debí golpear insistentemente el vidrio de la ventana; al fin levantó la cabeza con dificultad y me miró. Fue una mirada que no quise intentar ver otra vez. El ojo derecho parecía vacío.

Quedé convencido de que había perdido el ojo, diagnóstico confirmado más tarde por el veterinario, y mi malestar se hizo muy grande. Recordé de inmediato todo este testimonio escrito acerca del perro y de su libertad; recordé cómo yo me había hecho en buena medida responsable de su libertad, de haberlo tentado a esa libertad que él finalmente eligió cuando decidió ensanchar el hueco entre la varilla y la pared. Esa libertad le había costado muy cara. Y aunque razonase que de todos modos era mejor así, que una vida sin libertad no tiene ningún valor, etcétera, no podía dejar de sentirme carcomido por la culpa. Tal vez por eso, aunque también hubo razones prácticas, dejé de escribir estos apuntes. Yo ya había advertido hace algunos años que este tipo de escritura tiene unos efectos mágicos incontrolables, y no puedo evitar un fuerte sentimiento supersticioso de reverencia y temor, como si le estuviera robando el fuego a los dioses.

Hay otras formas de escritura, llamémosle literarias, que nunca tuvieron esta carga «mágica». Era la escritura inspirada, la que hacía compulsivamente, la que venía predeterminada desde lo más profundo. En cambio cuando trato de tocar lo que llaman realidad, cuando mi escritura se vuelve actual y biográfica, resulta inevitable poner inconscientemente en juego esos misteriosos y muy ocultos mecanismos, los que al parecer comienzan a interactuar secretamente y a producir algunos efectos perceptibles.

 

*

Ahora, aunque parezca mentira, el perro está curado. De vez en cuando, al mirar de cierta manera, se le nota una leve desviación en el ojo derecho, pero hemos comprobado que ese ojo ve, a pesar de una manchita blanca, como una lastimadura. Durante unos días tuvo el ojo cada vez más cerrado; después empezó a abrirlo, pero del ojo sólo aparecía algo sanguinolento y muy torcido. Después, durante unos cuantos días más, el perro fue el vivo retrato de Sartre: el ojo derecho aparecía entero y ya no de color sangre, pero apuntaba para cualquier lado. Ahora el perro está nuevamente bastante igual a sí mismo y lleno de fuerza y de confianza en sí mismo.

Mientras tanto, por mi parte estoy pasando unas noches intranquilas con ensoñaciones altamente eróticas que me dejan extenuado. Esto se complica con un eczema casi permanente y con trastornos hepáticos. He llegado a pensar, y me da rabia no poder salirme de esa línea supersticiosa de pensamiento, que esos ensueños revelan un maleficio. No me molestan los sueños eróticos en sí mismos (en realidad, me encantan), pero sí me molestan mucho ciertas mujeres elegidas para coprotagonizarlos. No quiero entrar en detalles, pero me resulta llamativo que en el primer sueño, con una mujer despreciable y odiosa, yo haya alcanzado un orgasmo completo — aunque en la realidad física no se correspondiera con una verdadera emisión de semen—; y que a la noche siguiente, otra mujer de parecidas características interviniera no exactamente en un sueño erótico, sino en una fantasía erótica recurrente, durante un estado entre el sueño y la vigilia, como de trance hipnótico. La escena se repetía una y otra vez, y yo despertaba y volvía a dormir, pero me parecía que estaba todo el tiempo despierto sin poder librarme de la fantasía. Y al día siguiente otra vez me desperté agotado y somnoliento. Anoche, la tercera de estas noches, no recuerdo haber soñado nada en especial; pero tampoco logré descansar y hoy tengo en la mente esa musiquita que ha desalojado todas las formas del discurso.