El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 36 de 84

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El discurso vacío

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Lo que terminó por liberarme del enredo del discurso fue una nueva conmoción en la Argentina, la que esta vez pude ver por televisión y desde fuera de la Argentina (aunque muy cerca de ella). Quedé horas como hipnotizado frente a la pantalla, viendo desfilar tanques y escuchando disparos de variado calibre, en aquellos paisajes familiares y queridos.

El discurso no se alteró, sino que se borró durante muchas horas. Hoy estoy en cero, recordando apenas confusamente que en algún momento debería atreverme a explorar aquella «psicosis controlada» que escindió de mi vida ese ochenta por ciento montevideano y sintiendo también confusamente que hay otra psicosis por explorar, más reciente, nada controlada, relativa a esos cuatro años vividos en Buenos Aires que también he borrado de mi memoria afectiva. ¿Qué porcentaje va quedando de mí mismo?

 

* * *

Una interrupción, como siempre. Pero esta vez es una interrupción significativa, una especie de invasión de mi propio discurso en la ausencia de discurso, en el cero de hoy: mi mujer viene de la calle con el perro a rastras, rezongando, y lo pone «en penitencia» en el patio interior; muy disgustada, me comenta que el perro acaba de matar a un pájaro.

 

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5 de diciembre

Cuanto mayores son mis esfuerzos por no perder la cabeza y mantenerme lo más entero posible dentro del torbellino, tanto mayor es el empeño de Alicia por aumentar la intensidad del torbellino. Ataca desde todos los ángulos.