El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 16 de 84

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El discurso vacío

27 de octubre

En estos días la primavera ha hecho eclosión, o mejor dicho se ha afirmado contundentemente por todas partes. Nuestro jardín se ha llenado de plantas que no hemos plantado, que aparecen aquí y allá como por propia iniciativa, o por inspiración del terreno, y que día a día se desarrollan velozmente, toman posesión, crecen. Hay proliferación de insectos y una febril actividad de las hormigas. Por las calles, se ven muchachas también florecientes, con pechos que parecen despertar y empujar con fuerza las delgadas telas que apenas los disimulan, y en las miradas hay atrevimiento, placer de existir, presencia de vida.

Mi primavera personal consiste fundamentalmente en la toma de altas dosis de psicofármacos, para intentar (vanamente) un control de la natural ansiedad que corre por las venas. En esta casa todas las estaciones son iguales, igualmente depresivas por opresivas. Hay un gran reloj oculto que marca el mismo tiempo para todos los días, todos los meses, todos los años; un reloj que marca el ritmo de la sangre en las venas, de las palpitaciones del corazón, de los deseos prohibidos, y a veces —si el reloj lo dispone— permitidos con cuentagotas. La Vida, con su propia lógica, sus propios anhelos y necesidades, transcurre en alguna parte, pero no aquí. Aquí transcurre la improductiva soledad del preso, el frío interior que el verano no disipará. El tiempo no corre junto a nosotros ni nosotros sabemos jugar con el tiempo; el tiempo es sólo un asesino, lento pero seguro, que nos mira con un dejo de burla por debajo de su guadaña, y nos permite ir disfrutando en cómodas cuotas del frío que nos está esperando en la tumba que lleva nuestro nombre.

 

27 de octubre

Hoy voy a tratar de eludir temas interesantes para tratar de progresar en el trazado de las letras —cosa que he olvidado casi por completo—. ¿Qué puedo escribir, que no sea demasiado interesante como para que me distraiga de mi propósito, y al mismo tiempo no me resulte tan aburrido que deje el trabajo a medio hacer, entre grandes bostezos?