El discurso vacío
15 de marzo
No encuentro, realmente, la forma de encarar todo esto, mientras mi escritorio desborda de cosas que hacer, y hay cosas que hacer por mí mismo, cosas que necesito hacer por placer, por necesidad de darme una identidad, por subsistir y por existir ——y no las puedo hacer, no puedo siquiera crear el entorno necesario para hacerlas.
15 de marzo
Este ejercicio es como una ramita que trato de aferrar después de haber caído por un precipicio. Nunca anteriormente me había visto en una situación tan desesperada, a pesar de que muchas veces he estado en situaciones muy difíciles. Pero por lo menos tenía una confianza de fondo, «mágica», que me sostenía; había en mí una presencia secreta, misteriosa, una especie de ángel protector. Había de fondo una especie de oculta y retorcida confianza en mí mismo, y una más oculta y más retorcida confianza en Dios. Esa confianza siempre me sacó adelante. Ahora siento que he perdido pie por completo, que mi mente está fragmentada, que estoy invadido por una parálisis psíquica —y poco a poco también se va haciendo física—. No hay nada en el presente que signifique contento, ni por un instante; no hay paz ni sosiego, no hay sueños para recordar ——como si el espíritu fuese un campo árido, un desierto. Y no hay el menor atisbo de futuro, de ningún futuro deseable. Todo es un precipitarse de los días, las semanas, los meses y los años, vertiginosamente, sin huellas, vacíos por completo de contenidos, hacia la muerte como única certeza. Día a día, desde hace demasiado tiempo, sólo puedo observar pasivamente los progresos de mi ruina.
Todo esto es muy abstracto, lo sé, y lo es no porque no pueda concretarlo, sino porque estoy cansado de hacerlo y ya no quiero repetirme. Esto es un ejercicio caligráfico, y nada más. No tiene sentido preocuparse por darle un contenido más preciso. Sólo llenar una hoja de papel con mi escritura.