El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 48 de 84

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El discurso vacío

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Fue en medio de esas historias del perro entrando y saliendo, cuando apareció el gato. Un gato blanco, muy lindo, de ojos amarillo-verdosos y una especial elegancia altiva. La primera vez que lo vi, él estaba en el baldío y yo acababa de quitar la parrilla para que el perro pudiera salir. Pensé que allí se iba a armar una buena. Efectivamente, el perro se lanzó en dirección al gato, pero el gato no se preocupó. Lo miró de frente y pareció detenerlo con la mirada. Después echó a andar tranquila y elegantemente, dándole la espalda, y por algún motivo que escapa a mi comprensión el perro quedó parado, quieto, mirándolo salir hacia la vereda por una de las derruidas puertas del baldío. El gato no huyó, lo que habría precipitado la persecución; simplemente le dio la espalda y se fue con toda tranquilidad, a paso lento y despreocupado, la cabeza erguida, la cola erguida. El perro, en esa oportunidad, se limitó a olfatear cuidadosamente los lugares donde había estado y por donde había pasado caminando el gato, como un policía que obtuviera las huellas digitales para capturar al criminal en alguna próxima oportunidad.

 

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16 de diciembre

Es muy difícil no estar asustado cuando uno siente que no puede contar mucho consigo mismo. He jugado todas mis cartas y he perdido, y no hay más oportunidades. ¿Repetir la aventura bonaerense? Ya las cosas no serían tan fáciles (aunque no fueron fáciles), porque las circunstancias no son las mismas y porque me pesa la experiencia anterior, que fue buena como experiencia pero que sería terrible como repetición. ¿Montevideo? Salvo el clima, no hay nada atractivo allí. Tampoco sé cómo me las arreglaría para sobrevivir.