El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 30 de 84

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El discurso vacío

Ejercicios

Hasta ese momento había sentido mi vida como realizada —no satisfactoriamente realizada, pero ya sin horizontes de cambio—. El año anterior me había preparado cuidadosamente para la muerte, y si la muerte clínica no había llegado, había llegado en cambio una muerte espiritual que, duro es decirlo, todavía perdura, y tal vez perdure hasta la muerte clínica, duro es decir esto también. Sin embargo, la perspectiva de cambios era una perspectiva de vida, y tuve que juntar mucho coraje, y tenía que estar muy desesperado para hacerlo, pues pensaba que mis energías ya no eran suficientes para cambios de ningún tipo. Hizo falta mucho coraje para hacer ese movimiento hacia los cambios que parecían imposibles, hubo que apelar a todas las reservas de energía psíquica, hubo que disciplinarse de una manera feroz, hubo que acorazarse contra el miedo. No podía permitirme sentir miedo, como tampoco podía permitirme volver la mirada hacia las cosas que dejaba atrás.

 

Ejercicios

 

30 de noviembre

Anoche me acosté tarde (04:00 A.M.), hoy me levanté tarde y con dolores en todo el cuerpo. Tengo mucho trabajo por hacer y además conseguí el folleto del SMART-LOGO; presumo por lo tanto que estos ejercicios me saldrán mal. Observo que la letra viene muy pequeña; eso debe ser porque me siento culpable. Las cosas no marchan bien. Tengo la impresión de que todo en mí y a mi alrededor se desorganiza con demasiada facilidad. Si bien es cierto que debería ser más fuerte y no dejarme arrastrar por la locura del entorno, también es cierto que estoy acostumbrado a entornos más controlados por mí. No sé independizarme del entorno, por mucho que se hable de mi «torre de marfil». Estoy demasiado atento a las cosas que suceden. Por ejemplo, no puedo tranquilamente acostarme, cerrar los ojos y dormir, si sé que el resto de la gente de la casa está despierto. Eso sucede porque el resto de la gente de la casa no es confiable. Por ejemplo, si Ignacio está despierto, es seguro que se dormirá con la televisión encendida, y con la luz del cuarto encendida. Tampoco puedo estar seguro de que mientras yo duermo Alicia se ocupe de apagar la televisión y la luz, especialmente si ya está acostada, porque se duerme también sin darse cuenta y sin la menor preocupación por lo que pueda estar sucediendo. Tampoco es probable que se acuerde de sacar la basura, apague la luz, cierre las persianas y las ventanas de su consultorio, cierre con llave y no con pasador la puerta de calle y coloque el felpudo contra la rendija de la puerta, ni que guarde la comida en la heladera, prepare su despertador y, sobre todo, se abstenga de hacer ruidos y movimientos después de que yo me haya dormido.