El discurso vacío

Mario Levrero · Capítulo 65 de 84

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El discurso vacío

19 de marzo

Ignacio se vuelve más difícil día a día. Creo que hay varios motivos, entre ellos la ausencia casi permanente de su madre, la falta de autoridad de la empleada, y el hecho de tener una llave de la casa, y un cuarto a la calle, calle desde donde es tentado permanentemente por sus amigos. Hoy lo amenacé con mudar su cuarto a la piecita del fondo, lo cual lo mantendría lejos de la tentación de la calle y permitiría que nosotros (mejor dicho, yo) pudiéramos controlarlo mejor. Pero es una medida bastante cruel, ya que esa piecita es desagradablemente inhóspita. Sin embargo es una idea a tener presente por si las cosas no mejoran y no es capaz de un mínimo autocontrol. Sigue siendo como un animalito que no conociera ninguna regla moral y actuara permanentemente de acuerdo con sus impulsos y con lo que cree que es su propia conveniencia. Durante un tiempo tuvo una conducta más adecuada, pero a partir de la mudanza, y de la llegada de esta empleada nueva, retrocedió mucho y muy rápidamente. Espero poder encontrar estrategias adecuadas para volver a encauzarlo, pero estoy muy cansado.

 

19 de marzo

Tercer día consecutivo de ejercicios caligráficos. Esto es como una pequeña luz que brillara en la oscuridad (de mi mente). Veo además, complacido, que la letra me está saliendo más pareja. Un poco chica; trataré de hacerla un poco más grande, aunque en realidad prefiero no forzar demasiado las cosas y permitir que mi ser se exprese como pueda, aun a costa de la caligrafía propiamente dicha y de los efectos terapéuticos esperados. Lo importante ahora es salir del estado catatónico; no importa que la salida no sea elegante. Lo único que estoy pidiéndome a mí mismo, lo único que he comenzado a pedirme y aun a exigirme, es la acción; tanto la acción de este tipo —escribir modestamente dos carillas— como la salida al mundo exterior, aunque sea caminar dos o tres cuadras para comprar cigarrillos. Debo luchar contra las fobias y contra la inmovilidad, la pasividad, sobre todo porque detrás de esta pasividad se oculta una poderosa fuerza destructiva. Sería preferible que rompiera objetos, que hiciera cualquier cosa antes que continuar en un estado insensato de espera, durante el cual nada se va a resolver, y yo voy a seguir acumulando frustración y rabia. La rabia ya no está dirigida hacia nadie en particular, salvo, creo, yo mismo. Si bien las circunstancias son un cúmulo de desastres y de situaciones desagradables, mi mala respuesta a las mismas — lenta, torpe, insegura— sólo consigue agravar esas circunstancias y complicar aún más la posibilidad de soluciones.