El discurso vacío
21 de marzo
Quinto día consecutivo de ejercicios; afortunadamente parece ya un hábito. Claro que todavía esto dista mucho de ser un ejercicio caligráfico hecho con aplicación y esmero; pero no debemos apresurarnos. (Hoy leí una frase de Rilke que es monumental: dice algo así como que «la realidad es una cosa lejana que se acerca con infinita lentitud al que tiene paciencia».) (Tengamos paciencia, pues, y esperemos que esa cosa lejana se acerque.)
(Pero pocas cosas conspiran más contra la paciencia, y por ende contra la realidad, que ese zumbido constante que no deja dormir, pensar, percibir; a eso se suma un interminable tiempo tormentoso, pesado, húmedo, con bajas presiones —hay una tormenta amenazando desde hace varios días y no se resuelve a estallar—; tensa los nervios y estropea la vida. Por momentos, en algunos días, cayó una lluvia tenue, desganada, monótona; lo que hace falta es un violento estallido, rayos, truenos, vientos, furia de los elementos que descarguen, desagoten ese cúmulo de electricidad estática que reciben la tierra, las personas y las cosas.)
Pero cada vez más me dejo llevar por mi afán narrativo y olvido la letra. Ahora pongo más cuidado, aunque la mano, nerviosa, se apresura a trazar sus dibujos sin dar mayor tiempo de reflexión al pensamiento. Ahora, el zumbido no se oye; y la pieza donde trabajo está razonablemente fresca. Pero Alicia me está llamando.
23 de marzo