El discurso vacío
29 de noviembre
De modo que, valiéndome de la imagen del perro para rellenar el discurso vacío, o aparentemente vacío, he podido descubrir que tras ese aparente vacío se ocultaba un contenido doloroso: un dolor que preferí no sentir en el momento en que debí sentirlo, pues estaba seguro de no poder soportarlo, o por lo menos de no tener tiempo para irlo soltando lentamente de un modo tolerable. Porque el 5 de marzo de 1985, a primera hora de la tarde, subí a ese coche que me llevaría «definitivamente» a Buenos Aires, y el 6 de marzo de 1985, a las 10 de la mañana, debería comenzar a trabajar en una oficina en Buenos Aires. Y debería comenzar a adaptarme a la vida en otra ciudad, en otro país. No había tiempo para sentir dolor y opté por anestesiarme.
Ese acto de anestesia fue una operación psíquica consciente, a la que en ese momento llamé «bajar la cortina metálica» y un poco más tarde llamé «psicosis controlada»: una operación de negación de la realidad, que básicamente consistía en decirme repetidas veces: «No me importa dejar todo esto», «Estoy contento de dejar todo esto, esta ciudad que me oprimió, esta ciudad que he visto destruirse en los años de la dictadura, este apartamento donde viví, sufrí y amé, estos amigos, para los que el apartamento era un lugar de reunión y casi de terapia». No me lo decía con palabras sino con una acción mental indescriptible, que podría asimilarse con la de cerrar conductos, desconectar cables, levantar barricadas ante la amenaza de cada sentimiento que pretendía formularse. Yo sabía que no era cierto, que sí me importaba, que no me alegraba. Me alegraba, sí, la perspectiva de comenzar una nueva vida, de encarar nuevas experiencias a una altura de la vida en la que, yo pensaba, no habrían de producirse ya grandes novedades.