Pelham 123
El viejo
—Bueno, ¿por qué?
—Esta vez no querían que viésemos lo que hacían.
—¿Y qué hacían?
—No les importa que los sigamos, ¿verdad? En realidad, y reforzando este punto, podríamos decir que quieren que los sigamos, ¿no es cierto?
—No se ande por las ramas —dijo el jefe de Policía—. Si tiene una teoría, desembuche.
—Mi teoría —dijo el comisario del distrito— es que no están en el tren.
—Eso he creído que pensaba. Pero, ¿cómo puede funcionar el tren, si no van en él?
—Aquí está la pega. Si no fuese por eso, todo sería lógico. Los perseguimos hacia el Sur, y ellos se quedan cerca de Union Square y escapan por una salida de emergencia. ¿Y si tres de ellos se apearon del tren, y se quedó uno en él para conducirlo?
—¿Un criminal caritativo, que se sacrifica por los otros? ¿Ha visto alguna vez a un criminal así, Charlie?
—No —dijo el comisario del distrito—. Una hipótesis más lógica: supongamos que han ideado algún modo de hacer marchar el tren sin nadie en la cabina.
—Si lo han hecho —dijo el jefe de Policía—, están perdidos. Daniels los sigue por la vía de los trenes directos. Los descubrirá.
—Tal vez no. Quizá puedan ocultarse hasta que haya pasado. —Meneó la cabeza —. Ese breve movimiento... Ese inesperado movimiento...
—Bueno —dijo el jefe de Policía—. ¿Quiere poner a prueba su buen olfato?
—Sí, señor —dijo el comisario del distrito—. Si usted lo permite. —El jefe asintió con la cabeza. El comisario dijo al conductor:— En la próxima esquina, dé la vuelta y diríjase a Union Square.
Sonó la radio.
—Señor, el conductor del tren del subinspector jefe Daniels acaba de informar de que una bomba les ha hecho saltar de la vía.
El jefe de Policía preguntó si había habido bajas. Le respondieron que sólo un policía herido, pero no de gravedad.
—Éste fue el objeto del movimiento del tren —dijo al comisario del distrito—. No querían que nadie los viese cuando minaron la vía.
—Olvide lo que hemos hablado —dijo el comisario del distrito al chófer—. Adelante, según lo convenido.
El viejo
El viejo, evocando un antiguo recuerdo, activando unos impulsos desusados, alzó una mano (la famosa mano que antaño era cetro, que imponía obediencia en casa y respeto en la tienda) y dijo:
—Silencio, por favor. Permanezcan callados un minuto.
Hizo una pausa, saboreando la emoción de las caras vueltas hacia él, hacia la Autoridad. Pero antes de que pudiese seguir hablando, habían dejado de mirarlo. El hombre gordo, el crítico teatral, se había levantado y trataba de hacer girar la manecilla de la puerta de la cabina. Luego empezó a golpear la puerta con los puños. La puerta crujió, pero permaneció firmemente cerrada. El hombre se detuvo, giró en redondo y volvió a su asiento. Estaban llegando a una estación. ¿Bleecker Street? ¿O tal vez Spring Street? No pudo leer los rótulos. Varios pasajeros habían bajado los cristales de las ventanillas y gritaban pidiendo auxilio a la muchedumbre del andén. Ésta les respondió airadamente. Alguien arrojó un periódico doblado, que rebotó en una ventanilla, se abrió y volvió a caer en el andén en una lluvia de hojas.
—Amigos míos... —El viejo se levantó y se agarró a una de las anillas de metal —. Amigos míos, la situación no es tan mala como parece.
El negro lanzó una risa burlona por debajo del ensangrentado pañuelo («mi pañuelo», pensó el viejo), pero los otros pasajeros prestaron atención.
—En primer lugar, ya no tenemos que preocuparnos por esos bastardos. —Tres o cuatro caras se volvieron, con aprensión, hacia la puerta de la cabina. El viejo sonrió —. Como dijo la señorita, los bastardos saltaron del tren. Que les vaya bien.
—Entonces, ¿quién lo conduce?
—Nadie. De algún modo, consiguieron ponerlo en marcha.
—¡Vamos a matarnos! —chilló, angustiada, la madre de los chicos.
—No lo crea —dijo el viejo—. Confieso que, en este momento, vamos en un tren desbocado. Pero esto es temporal. Sólo temporal.
El vagón entró en una curva y se inclinó peligrosamente, mientras las ruedas chirriaban, resistiendo el impulso del coche, que pugnaba por descarrilar. Los pasajeros oscilaron y cayeron unos encima de otros. El viejo, desesperadamente agarrado a la anilla, pudo incorporarse a medias. El negro alargó una mano ensangrentada y lo sostuvo. El tren recobró su posición normal.
—Gracias —dijo el viejo.
El negro no le respondió. Inclinándose sobre el pasillo, señaló con el dedo a los dos mandaderos negros. Sus caras tenían el color de la ceniza.
—Hermanos —les dijo—, ésta es su última oportunidad de portaros como hombres.
Los muchachos se miraron asombrados y uno de ellos dijo:
—¿De qué está hablando?
—Sed hombres, hermanos. Demostrad a esos gallinas que ustedes son hombres. Lo peor que puede pasaros es morir.