Pelham 123

John Godey · Capítulo 24 de 120

Páginas del PDF

Pelham 123

Ryder

—En general, esto arde —dijo Prescott.

—Dos muertos y tres heridos, uno de ellos grave. Éste figura aún en la lista de peligro; por consiguiente, puede que haya un tercer muerto.

—Allí —dijo Prescott—, detrás de la mampara de cristal, está el Archivo. Hay un registro de todas las actividades del día: requerimientos, detenciones, lesiones, toda clase de incidentes. Llevan un libro de antecedentes, parecido al de la Policía...

Detrás de él, Garber lanzó un grito, colgó el teléfono de golpe y chilló:

—¡Roberts, despierta! Una banda ha secuestrado un tren de la Sección A. Dicen que llevan armas automáticas. Que todas las unidades de Lexington Avenue se dirijan a las cercanías de la Calle Veintiocho...

—¿Dicen que han secuestrado un tren? —Era la voz de Casey, despabilado de pronto, que luchaba entre el asombro y la risa. ¿Para qué diablos podría alguien querer secuestrar un tren subterráneo?

—¿De dónde vino la información? —preguntó Prescott a Garber.

—Del jefe de servicios. Ha hablado con los secuestradores, que se encuentran en la cabina del conductor.

—Caballeros —dijo Prescott a los visitantes—, creo que el Presidente los está esperando.

Les hizo cruzar la antesala y apretó el botón del ascensor. En cuanto llegó éste, los metió en él y los envió al piso decimotercero. Luego, corrió hacia la salida y subió de tres en tres los escalones que conducían al Centro de Control, en el piso superior.

 

Ryder

Mientras, en la cabina, esperaba que el jefe de servicio volviese a hablar por radio, Ryder pensó que el mayor peligro de toda la operación —salvo la incertidumbre de si el otro bando actuaría o no de un modo racional— estaba en la circunstancia de que él tendría que pasar mucho tiempo en la cabina, lo cual significaba que, durante largos ratos, no estaría personalmente al frente de sus hombres.

Éstos constituían un ejército que nada tenía de ideal. Longman era cobarde. Welcome, indisciplinado. Steever, prudente, pero necesitado de alguien que lo guiase. Podía contar con el valor de dos (Steever y Welcome), con la inteligencia de uno (Longman) y con la disciplina de otro (Steever, al que podía sumarse Longman, si no se derrumbaba víctima de la tensión nerviosa). Esto dejaba bastante que desear, pero lo mismo habría podido decir de todas sus tropas del pasado. La más extraña de todas había sido una compañía de congoleños. Desconocían el miedo y estaban resueltos a morir si fuese necesario. Pero carecían de raciocinio. Se vivía o se moría, sí; pero era estúpido suicidarse. Tuvo la impresión de que los congoleños eran una gente que quería morir por la propia emoción de la muerte. Los árabes eran también salvajes, pero tenían más imaginación y sabían —o creían saber— por qué morían. «El soldado perfecto —pensó— sería una combinación de la inteligencia de Longman, la disciplina de Steever y el empuje de Welcome.»

Por consiguiente —y según cómo realizase el cálculo—, sus fuerzas se componían de tres soldados defectuosos o de uno completo.

—Pelham Uno Dos Tres. Responda, Pelham Uno Dos Tres.

Ryder apretó el botón del transmisor.

—¿Tiene el lápiz a punto, señor jefe de servicio?

—Un bonito y afilado lápiz. ¿Va usted a dictar?

—Quiero que escriba exactamente lo que voy a decirle. Exactamente. ¿Me oye?

—Te oigo, loco bastardo. Has perdido la chaveta, si quieres seguir adelante con esto.

Ryder dijo:

—Voy a dictarle siete puntos. Los tres primeros son mera información; los demás son instrucciones concretas. Son muy breves. Anótelos exactamente a medida que los vaya diciendo. Primero: El Pelham Uno Dos Tres está bajo nuestro absoluto control. Nos hemos adueñado de él. ¿Lo ha apuntado ya?

—¿Quiénes son ustedes? ¿Neg... hombres de color? ¿Panteras?

—Segundo. Tenemos armas automáticas. Anote.

—Ya está anotado, loco. No podréis seguir adelante con ese disparate.

—Ahórrese comentarios vanos. Tercero: Somos hombres resueltos y hablamos en serio; no nos importa matar. No nos tome a la ligera. Anote.

—¿Sabes que habéis interrumpido toda la maldita línea de East Side?

—Anote.

—Adelante. Veamos qué otras estupideces tienes que decir.

—Cuarto: No deben tratar de restablecer la corriente hasta que se lo ordenemos.

—¡Oh! ¡Magnífico!

—Anote, señor jefe de servicio.

—¡Vete al diablo!

—Si restablecen la corriente —dijo Ryder—, mataremos a uno de los pasajeros. Y seguiremos matando uno cada minuto, mientras no vuelvan a cortarla.

—¿Sí? ¿Y qué más? La Policía se les echará encima.

—Quinto —dijo Ryder—: Si alguien trata de entremeterse, ya sea la Policía, el personal de la JT o cualquier otra persona, mataremos a los pasajeros. ¿Entendido?

—Bueno, ¿qué más?

—Sexto: Tiene que hablar inmediatamente con el alcalde. Dígale que pedimos un millón de dólares por soltar el coche y los pasajeros. Anótelo bien.

—Sigue soñando, criminal.

—Séptimo: Son las dos y trece minutos. El dinero debe estar en nuestras manos dentro de una hora. El tiempo empieza a contar desde ahora. Debemos tener el dinero antes de las tres y trece. En otro caso, mataremos un rehén por cada minuto que pase de la hora. ¿Lo ha anotado, señor jefe de servicio?

—Lo he anotado, bandido. Pero si esperas que haga algo de lo que dices, estás más loco de lo que pensaba.

«Toda estrategia debe fundarse en la reacción lógica del otro bando —pensó Ryder—; de no ser así, no sirve para nada. Pero la estupidez puede dar al traste con ella.»

—Escuche, jefe de servicio. Quiero que me ponga con Policía de Tráfico. Repito: Póngame con la Policía.

—Aquí está uno de ellos, bandido. Un policía. Que te diviertas.

Ryder esperó, hasta que sonó otra voz, ligeramente sofocada: —¿Qué sucede?

—Identifíquese —dijo Ryder.

—Teniente Prescott, de la Policía de Tráfico. ¿Quién es usted?

—Soy el hombre que ha secuestrado su tren, teniente. Dígale al jefe de servicio que le deje ver sus notas. Y no tarde.

Mientras esperaba, Ryder podía oír la respiración del teniente. Después:

—Prescott a Pelham Uno Dos Tres. Lo he leído. Está usted loco.

—Muy bien; estoy loco. ¿Le consuela esto? ¿Cree que es una razón para no tomarme en serio?

—Escuche —dijo Prescott—. Le tomo en serio. Pero es imposible que se salga con la suya. Está bajo tierra; está en un túnel.

—Observe el séptimo punto, teniente. Exactamente a las tres y trece minutos empezaremos a liquidar a los pasajeros; uno por cada minuto que pase. Le aconsejo que hable inmediatamente con el alcalde.

—Yo soy un teniente de la Policía de Tráfico. ¿Cómo voy a llegar hasta el alcalde?

—Eso es cuenta suya, teniente.

—Bien. Lo intentaré. No hagan daño a nadie.

—Infórmeme en cuanto haya hablado con el alcalde; entonces le daré nuevas instrucciones. Cierro.