Pelham 123

John Godey · Capítulo 35 de 120

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Pelham 123

Su Excelencia el alcalde

—Entendido. Pero le pido una vez más que respeten a esa gente.

—Mataremos a los que sea necesario.

—Llamaré en cuanto pueda —dijo Prescott—. Cierro.

Se echó atrás en su silla, agotado por su propia ira contenida.

—¡Santo Dios! —exclamó Correll—. Al oírle suplicar a ese canalla, he sentido vergüenza de ser americano.

—Lárguese —dijo Prescott—. Vaya a jugar con sus trenes.

 

Su Excelencia el alcalde

Su Excelencia el alcalde yacía en la cama, en su casa particular del segundo piso de Gracie Mansion. Le chorreaba la nariz, tenía una horrible jaqueca, le dolían los huesos, y su temperatura había subido a 40 grados, síntomas, todos ellos, lo bastante graves para pensar en la posibilidad de un complot por parte de sus numerosos enemigos de dentro y de fuera de la ciudad. Pero reconocía que era paranoico sospechar que los del Otro Bando hubiesen puesto gérmenes de la gripe en el borde de su vaso de «Martini», ya que carecían de la imaginación necesaria para un truco de tal naturaleza.

Junto a su cama, el suelo estaba lleno de documentos oficiales que había tirado sin leerlos, en un acto de arrogancia al que se creía plenamente autorizado. Yacía incómodo sobre la espalda, sin afeitar, sacudido por los escalofríos, gimiendo de vez en cuando, compadecido de sí mismo. No pensaba en la labor municipal, puesto que alguien cuidaría de ella. En realidad, sabía que, desde primeras horas de la mañana, un grupo de ayudantes suyos despachaban los asuntos oficiales desde las dos grandes oficinas del primer piso, transmitiendo mensajes al Ayuntamiento, donde las cuestiones eran solventadas —y, a veces, complicadas— por otros ayudantes. El teléfono colocado junto a la cabecera de su cama estaba conectado; pero había ordenado que no le molestasen, salvo en caso de producirse una catástrofe tan importante como el hundimiento de la Isla de Manhattan, cosa que, en ocasiones, deseaba que ocurriese.

Desde que había entrado en posesión de su cargo, ésta era la primera mañana — aparte ocasionales vacaciones en algún lugar soleado, y los días en que una algarada o un catastrófico conflicto laboral le habían tenido levantado hasta altas horas de la noche— que no había salido de casa a las siete en punto para dirigirse al Ayuntamiento, y esto le hacía sentirse como un colegial en día de novillos y un tanto desorientado. Cuando oyó sonar la sirena de un barco en el río, frente a su ventana, pensó de pronto que sus predecesores —todos ellos, hombres buenos y honrados— habían estado oyendo aquellas sirenas durante treinta años. Un pensamiento elevado, que complacía a Su Excelencia. Hombre inteligente y educado (el Otro Bando negaba lo primero y se burlaba de lo segundo), no era, empero, aficionado a la novela de la Historia, y la casa en que vivía —por indulgencia del cuerpo electoral— despertaba muy poco su interés. Sabía, pero sólo por cuestión de rutina, que la mansión había sido construida en 1897 por Archibal Gracie, como vivienda particular; que era un típico, aunque no magnífico, ejemplo de estilo federalista, y que —en las habitaciones inferiores había un Turnbull, un Romney y un Vanderlyn, ninguno de ellos obras representativas de sus respectivos autores, pero que, en todo caso, tenían el valor de la firma. La experta de la casa era su esposa, graduada en Arte o en Arquitectura —había olvidado en cuál de ambas disciplinas—, y que era quien le había enseñado lo poco que sabía.

En este momento se había adormilado y tenía sueños apolíticos y eróticos. Sonó el teléfono. Cogió el auricular y masculló un monosílabo flemático e incoherente.

La voz del teléfono, que hablaba desde una de las oficinas inferiores, correspondía a Murray Lasalle, uno de sus tenientes de alcalde, primero entre los de su categoría y al que solía llamar la Prensa El impulsor de la Administración.

Lasalle dijo:

—Lo siento, Sam, pero no había más remedio.

—¡Por Dios, Murray! Estoy a un paso de la muerte.

—Tendrás que retrasarla. Se ha producido una crisis terrible.

—¿No puede encargarse usted? Recuerde que solventó el tercer motín de Brownsville, ¿no? Me encuentro realmente mal, Murray. Me estalla la cabeza, no puedo respirar, me duelen todos los huesos...

—Sí que podría, como me he encargado de todos los asuntos feos de esta apestosa ciudad dejada de la mano de Dios. Pero no quiero hacerlo.

—No vuelva a decirme que no quiere. Esta palabra no figura en el léxico de un teniente de alcalde.

Lasalle, que también estaba resfriado, pero no tanto como su jefe, dijo:

—No me dé lecciones de política. No lo haga, Sam, o, por muy enfermo que esté, tendré que recordarle que...

—Estaba bromeando —dijo el alcalde—. Por muy enfermo que esté, tengo más sentido del humor que usted en toda su vida. Bueno, ¿cuál es la calamidad? Ojalá sea buena.

—¡Oh, buenísima! —dijo Lasalle, como refocilándose—. Una verdadera bomba atómica.

El alcalde cerró los ojos, esperando la revelación, como temeroso de un sol cegador.

—Bueno, dígalo de una vez. No alargue el suspense.

—Está bien. Unos cuantos bandidos se han apoderado de un tren metropolitano. —Con su propia voz, sofocó la del alcalde—. Se han apoderado de un convoy del Metro. Tienen como rehenes a dieciséis ciudadanos y al conductor, y no los soltarán si la ciudad no les paga un millón de dólares de rescate.

Por un momento, el alcalde pensó que la fiebre le hacía delirar. Pestañeó y esperó que el sueño se desvaneciese. Pero la voz de Murray Lasalle no podía ser más real.

—¡Por mil diablos! ¿Me ha oído? Digo que unos hombres han secuestrado un convoy del Metro y retienen...

—¡Mierda! —exclamó el alcalde—. ¡Mierda, maldita mierda! —Su infancia se había desarrollado en un ambiente muy discreto, y jamás había aprendido a soltar tacos de un modo convincente. Sabía, sí, que los tacos, como los idiomas extranjeros, hay que aprenderlos a edad temprana; pero, considerándolo como una habilidad social, nunca había tratado de dominar el tema—. ¡Mierda! ¡Carajo! ¿Por qué se empeña la gente en atormentarme con estas cosas? ¿Ha ido ya la Policía?

—Sí. ¿Está dispuesto a hablar del asunto con sensatez?

—¿Por qué no dejamos que se queden con el maldito tren? Tenemos muchos más; ni siquiera notaremos su falta. —Tosió y estornudó—. La ciudad no tiene un millón de dólares.

—¿No? Pues tendrá que buscarlo. Donde sea. Aunque tenga que liquidar su cuenta del «Christmas Club». Subo a verle en seguida.

—¡Mierda! —exclamó el alcalde—. ¡Mierda y maldición!

—Espero que se haya serenado cuando suba.

—Todavía no he accedido a pagar. Un millón de dólares. Vamos a discutirlo.

—Murray iba demasiado aprisa; confiaba demasiado en su instinto, que era exclusivamente político—. Tal vez haya otra salida.

—No la hay.

—¿Sabe la cantidad de nieve que podrá quitarse este invierno con un millón de dólares? Quiero conocer a fondo la situación y lo que piensan otros: el comisario de Policía, que se jacta de estar al frente de la Oficina de Tráfico; el jefe del Centro de Control...

—¿Se figura que he permanecido con los brazos cruzados? Todos van para allá.

Pero es perder el tiempo. A fin de cuentas, se hará lo que digo yo...

—...y Susan.

—¿Para qué diablos necesitamos a Susan?

—Para la tranquilidad doméstica.

El alcalde oyó que el otro colgaba de golpe. Al diablo con Murray Lasalle. Era inteligente y una bestia para el trabajo y, como hombre implacable, no tenía rival; pero tenía que aprender a dominar su impaciencia ante otras mentalidades más sosegadas. Bueno, tal vez era éste un buen momento para enseñarle que también otros podían tomar decisiones. Sí; lo haría él, por muy enfermo que estuviese.