Pelham 123
Ryder
—Ayuden a ese hombre —dijo el subinspector jefe.
Iba a decir algo más, pero perdió el hilo. Se palpó la parte ensangrentada de la cabeza. No le dolía. En realidad, ni siquiera sentía el contacto de sus propios dedos.
—¿Está usted herido, señor? —Era un robusto sargento, que hablaba muy despacio—. ¿Qué ha ocurrido, señor?
—Hemos caído en una trampa —dijo el subinspector jefe—. Diga a sus hombres que se sienten, sargento. Los bastardos nipones nos han hecho saltar de la vía.
Le divirtió la curiosa mirada del sargento. Aquel sargento era un jovenzuelo demasiado joven para la guerra grande; no sabía nada de emboscadas, ni podía reconocer el olor de las granadas.
—Quiero decir, señor, que qué hemos de hacer. ¿Qué ordena, señor?
—Hemos saltado de la vía —dijo el subinspector jefe, sintiendo que se le iba la cabeza—. Echaré un vistazo. De momento, no hagan nada.
Entró en la cabina. El conductor había bajado el asiento de metal. Estaba sentado en él, meneando la cabeza a un lado y otro.
—Informe del accidente, sargento —dijo el subinspector jefe—. Pregunte cuánto tardarán los ingenieros en volvernos a la vía, y, si no, que nos proporcionen otro medio de transporte.
—Los remolcadores tardarán dos o más horas en volvernos a la vía —dijo el conductor—. ¿Por qué me ha llamado «sargento»? ¿Se siente usted bien?
—No discuta, sargento. Informe por radio.
Volvió al vagón y abrió la puerta delantera. Al agacharse para saltar al suelo, el «sargento» que le había hablado anteriormente le dijo:
—¿Quiere que lo ayudemos, señor?
El subinspector jefe sonrió y meneó la cabeza. Era curiosa esta nueva raza de policías, mimados por los coches, los compañeros y las computadoras. No se daban cuenta de que el veterano cumplía su misión solo y sin miedo, ¡ay de aquel que se interpusiera en su camino! Se dejó caer sobre la vía y notó el golpe, pero se rehizo en seguida. Después, con las manos cogidas por detrás, avanzando despacio y observando a un lado y otro, inició su exploración.
Ryder
Plantado frente a Welcome, en el primer momento de silencio desde que habían saltado del vagón, Ryder escuchaba los inexplicables ruidos del túnel: susurros, chasquidos, ecos, el débil suspiro de un viento contaminado. Steever y Longman lo miraban con ojos interrogadores.
—Lo dicho —declaró—. Fuera el cargador.
Casi al mismo tiempo que Steever y Longman, sacó el cargador de su metralleta y se lo metió en el bolsillo. Welcome sonrió y meneó la cabeza de un lado a otro.
Ryder dijo, suavemente:
—Descarga tu arma, Joe, antes de salir de aquí.
—Estoy listo —dijo Welcome—. Yo y el arma saldremos juntos.
—No puedes llevártela —dijo Ryder, todavía con suavidad.
—Mi «amiga» vendrá conmigo. Para el caso de que haya follón, ¿sabes?
—Todo el plan de evasión consiste en que pasemos inadvertidos. Y esto es imposible llevando una metralleta.
El argumento, incluso las palabras textuales, no eran nuevos. Lo había recalcado varias veces en las últimas semanas, y Welcome había acabado por ceder... o lo había parecido.
—No la llevaré. —Welcome miró a Steever y a Longman, como buscando su confirmación a lo que iba a decir—. La ocultaré debajo de mi abrigo.
«La canción de siempre», pensó Ryder.
—Una metralleta no puede ocultarse debajo de un gabán.
Longman dijo, con voz chillona:
—Eso es una locura; tenemos que salir de aquí.
El rostro de Steever permanecía impasible, sin mostrar enojo ni preferencias. Longman había empezado a sudar de nuevo. Welcome, sin dejar de sonreír, miraba fijamente a Ryder, entre los párpados entornados.
Ryder dijo:
—¿Quieres soltar el arma?
—¡Ni hablar! ¡No, mi general!
Aún sonreía cuando Ryder, disparando a través del bolsillo, le metió una bala en el cuello. El disparo no se oyó, ahogado por una tremenda explosión en el lado norte del túnel. Welcome cayó al suelo. Longman se apoyó en la pared del túnel. Welcome yacía de costado. Agitaba las piernas y se agarraba el cuello con la mano izquierda, manchados los dedos de rojo. Había rodado su sombrero, y los largos cabellos le caían sobre la frente. Todavía aferraba la metralleta con la derecha. Se inclinó, sacó el cargador y se lo metió en el bolsillo. Longman seguía apoyado en la pared, vomitando desaforadamente.
Ryder se agachó para ver más de cerca a Welcome. Tenía los ojos cerrados, estaba blanco como la cera y su respiración era jadeante. Sacó su automática y apuntó a la cabeza de Welcome. Miró a Steever.
—Podría durar lo bastante para hablar —dijo, y apretó el gatillo. La cabeza de Welcome se ladeó al recibir el balazo.
—Procura que Longman se recupere.
Desabrochó el abrigo de Welcome y desató el chaleco del dinero. Los bordes de uno de los fajos de billetes estaban manchados de sangre. Para sacar el chaleco, Ryder lo agarró por una punta y volvió boca abajo el cuerpo de Welcome. Se irguió, con el chaleco en la mano. En el túnel, hacia el Norte, una nube de polvo y de humo flotaba entre el suelo y el techo.