Pelham 123

John Godey · Capítulo 30 de 120

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Pelham 123

Capítulo VIII

 

Artis James

El agente de tráfico Artis James estaba en la calle, mejor dicho, en el vestíbulo de un edificio de oficinas de Park Avenue South, a poca distancia de la estación de la Calle Veintiocho. Aparentemente había ido a comprar un paquete de cigarrillos; pero, en realidad, estaba metiendo la pata. Había sentido la necesidad de descansar un poco charlando con Abe Rosen, concesionario del quiosco de tabacos del edificio.

Artis James y Abe Rosen se habían hecho amigos por la recíproca atracción de los polos opuestos, y esta amistad se fortalecía gracias a una buena dosis de cuchufletas étnicas, cuidadosamente pronunciadas para que no degenerasen en insulto accidental (o inconsciente). Hoy, como de costumbre, se estuvieron zahiriendo suavemente durante un cuarto de hora, y, después, Artis se despidió.

—Hasta mañana, gonif —dijo Artis.

—Hasta la vista, schwartzer.

Artis salió a la luz del sol. Al empezar a bajar la escalera de la estación, no pensó siquiera en que no volvería a estar al aire libre hasta el final de su turno de servicio. El subsuelo era su elemento, como las capas altas del aire lo eran para el aviador, o el mar para el marinero. Cruzaba la verja, después de saludar con la mano al taquillero, cuando recordó que había cerrado su radio. La puso en marcha, y en seguida oyó una llamada. Carraspeó y respondió.

—¿Dónde estaba usted? —dijo una voz.

—Lo siento, sargento. Tuve que salir. Hubo una anciana que...

—Ésta no es razón para que cerrase la radio.

—Tuve que ayudar a esa anciana a tomar un taxi —dijo James, sin pensarlo mucho—. Era muy vieja y estaba tan débil que casi no podía oír su voz. Después de meterla en el taxi, tuve que dar su dirección al conductor, y, como no conseguía oírla, cerré la radio.

—Bonito cuento. Pero no importa. ¿Dónde está usted ahora?

—Calle Veintiocho, andén sur. Acabo de llegar.

—Procure mantener el orden. Enviamos refuerzos. ¿Hay mucha gente en el andén?

Artis observó que un tren estaba detenido junto al andén, con las puertas cerradas. Desde fuera, algunas personas golpeaban las puertas y las ventanillas con los puños.

—Puedo hacerlo —dijo Artis—. ¿Qué sucede?

Después de una pausa, dijo el sargento:

—Escuche y tenga calma. Han secuestrado un tren. No se excite. Los refuerzos están en camino. Mantenga el orden en el andén y permanezca callado. Cierro.

En cuanto Artis apareció en el andén, se vio rodeado de pasajeros, quienes le pedían que mandase abrir las puertas del tren.

—Ha surgido un pequeño problema técnico —dijo Artis—. Tranquilícense. Pronto estará arreglado.

—¿Qué clase de problema técnico?

—¿Hay algún herido?

—¡Habría que procesar a ese maldito alcalde!

—Tranquilícense, por favor —dijo Artis—. Tengan un poco de paciencia y...

Vio que en el extremo sur de la estación una muchedumbre empezaba a subir al andén desde la vía. Se apartó de los pasajeros y corrió hacia aquel lugar. Media docena de personas empezaron a farfullar, muy agitadas. Mientras trataba de calmarlos, vio a un joven jefe de tren en el extremo del andén.

—El tren ha sido secuestrado —chilló el empleado—. Hay que decírselo a quien sea. Hombres armados, con metralletas...

Artis levantó una mano para interrumpir la histérica palabrería del jefe de tren.

Después, cogió el aparato de radio que llevaba colgado del hombro, se lo acercó a la boca y habló:

—El agente Artis llamando al Centro Neurálgico. El agente James llamando al Centro Neurálgico.

—Hable, agente James.

—Al menos cien pasajeros llegan andando por el túnel. —Los pasajeros que esperaban que el tren abriese sus puertas, se habían agolpado a su alrededor y se confundían con los que venían del tren secuestrado—. Es imposible guardar el secreto.

Si sigo diciendo esta estupidez de las dificultades técnicas, me van a linchar. ¿No pueden hablarles por el altavoz de la estación?

—La Mesa de Comunicaciones dará una información dentro de un par de minutos. Procure tranquilizarlos, y que nadie se acerque al extremo sur del andén.

El jefe de tren seguía chillando: —...por la vía. Yo le avisé, pero...

—No cierren —dijo Artis, y, volviéndose al jefe de tren—: Repita eso.

—El jefe de servicio de Grand Central se echó a andar por la vía en dirección al tren.

—Sargento, según el jefe de tren, un hombre que dijo ser el jefe de servicio de Grand Central se dirigió al tren andando por la vía. Espere... ¿Cuánto tiempo hace de eso?

—No estoy seguro —dijo el jefe de tren—. Tal vez unos cuantos minutos.

Los pasajeros rompieron a hablar en coro disonante, confirmando unos y negando otros el cálculo del jefe de tren.

—¡Cállense! —chilló Artis—. No hagan ruido. —Y, por la radio—: Hace sólo unos minutos.

—¡Dios mío! Se ha vuelto loco. Escuche, James: Debe ir a buscarlo. Procure alcanzarle y hacerle volver. Apresúrese, pero tenga mucha prudencia y no se acerque a los secuestradores. Responda.

—Voy para allá.

Artis James había estado en el túnel sólo una vez, en acto de servicio. Había perseguido, con otro policía, a tres muchachos que, después de robar un bolso, se habían echado a correr por la vía. La caza había sido divertida, y el hecho de trabajar con un compañero provocaba un sentimiento de solidaridad. Los trenes no habían dejado de circular, y esto había dado un matiz de peligro a la operación. En definitiva, habían pillado a los tres muchachos en el momento en que se disponían a forzar una salida de emergencia, y los habían llevado, temblorosos, a la estación.

Pero esto era menos divertido. El oscuro túnel estaba poblado de sombras, y, aunque no existía el peligro de los trenes, no podía olvidar que avanzaba en dirección a una banda de criminales fuertemente armados. Y, por muchos refuerzos que enviasen, ahora se hallaba completamente solo. Se le ocurrió pensar que si hubiese estado unos minutos más charlando con Abe Rosen, otro «afortunado» policía se habría encargado del asunto. Pero esta idea le avergonzó, y, pensando en el jefe de servicio, que corría un peligro mortal, apretó el paso. Después de deslizarse junto a los lúgubres vagones desenganchados del Pelham Uno Dos Tres, que permanecían como muertos en la vía, echó a correr, apoyándose en las puntas de los pies.

Empezaba a jadear cuando aparecieron las luces del primer vagón del Pelham Uno Dos Tres. Momentos después, distinguió una oscilante silueta a cierta distancia delante de él. Volvió a correr, muy inclinado para ocultarse, y la figura del jefe de servicio adquirió una forma más definida. De pronto sonaron voces en el túnel; voces violentas, que rebotaban contra las paredes. Siguió avanzando, pero con mayor prudencia, pasando de un pilar a otro, ocultándose un momento antes de avanzar de nuevo.

Estaba a dieciocho o veinte metros del vagón, detrás de uno de los pilares, cuando un disparo resonó en el túnel, levantando un eco, que se repitió como en la casa encantada de un parque de atracciones. Cegado por el destello del fogonazo, palpitándole el corazón, se apretó contra el rígido metal de la columna.

Debió de transcurrir un mintuo antes de que se atreviese a mirar desde el borde del pilar. Una nubecilla flotaba en el aire cerca de la parte posterior del vagón. Había varias figuras mirando desde la puerta. El jefe de servicio estaba tendido sobre la vía. De momento pensó en retroceder, en busca de un sitio más seguro; pero el riesgo de que le vieran era demasiado grande. En vez de ello, y después de tomar la precaución de bajar el volumen, descolgó su radio y llamó, con voz muy baja, al Centro Neurálgico: