Pelham 123

John Godey · Capítulo 19 de 120

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Pelham 123

Caz Dolowicz

Sonrió débilmente y cerró los ojos. Decisión confirmada. «Lo siento, señor alcalde y señor jefe superior de Policía; pero no se aflijan demasiado; alguien le saltará la tapa de los sesos a un polizonte antes de que termine el mes, y no se verán privados de su entierro solemne. Perdona, Deedee. ¿Te habrías puesto un medallón negro para recordar la muerte del "cerdo" de tu amante?»

El peso de la pistola del 38 sobre el estómago no le consolaba en modo alguno. Si hubiese podido, la habría hecho desaparecer; le recordaba que había rehusado convertirse en un cadáver glorioso. Deedee. Deedee comprendería. Le felicitaría por su toma de conciencia, por haber dejado de ser un estúpido instrumento de la sociedad represiva. Pero sus superiores lo verían de otra manera. Se abriría una investigación, se celebraría un juicio disciplinario y, luego, la expulsión del Cuerpo. Todos los policías lo despreciarían, incluso los venales. Por muy corrompidos que estuviesen, no lo estaban tanto como para no dejarse matar inútilmente.

Un rayo de sol: siempre se podía encontrar un nuevo empleo. En cuanto a empezar una nueva vida, era bastante más difícil.

 

Caz Dolowicz

Cuando Dolowicz empezó a desandar su camino por el viejo túnel, su indigestión, que había desaparecido o, al menos, se había mitigado con la ira provocada en él por el inexplicable comportamiento del Pelham Uno Dos Tres, volvió por sus fueros. El hombre pasó a toda prisa ante el puesto de jugo de naranja, con su olor y su siseo, y subió la escalera de la terminal. Se abrió paso hasta la calle y paró un taxi.

—Park Avenue Sur y Ventiocho.

—No es usted de la ciudad —dijo el taxista—. Los nativos la llaman Cuarta Avenida. Como la Sexta Avenida. Y los patanes la llaman Avenida de las Américas. ¿De dónde es usted?

—Del sur de Bronx.

Su panza saltó sobre su bajo cinturón, al bajar corriendo la escalera de la estación de la Calle Veintiocho. Mostró su tarjeta de identidad al empleado de la taquilla y cruzó en tromba la verja de entrada. Un tren estaba parado en la estación, con las puertas abiertas. Si el Pelham Uno Dos Tres se hallaba aún detenido en el túnel, la luz roja impedía la salida de este tren, que era el Pelham Uno Dos Ocho. Mientras se dirigía al extremo sur del andén, advirtió que el convoy estaba iluminado sólo por las luces de emergencia, o sea, con la corriente de los acumuladores. Se dirigió hacia el primer vagón. El conductor estaba asomado a la ventanilla.