Pelham 123

John Godey · Capítulo 110 de 120

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Pelham 123

Longman

Sintió un terrible tirón bajo los pies y viose lanzada contra la ventanilla delantera. Se oyó un chirrido, y gritos en la parte posterior del vagón.

Pero a través del cristal, vio que todo pasaba más despacio: las paredes, las pilastras, las vías... Otra sacudida, y el tren se detuvo.

El pasmado silencio de la parte posterior del vagón se convirtió en un griterío histérico de gozo, y Anita pensó: «Bueno, amigos, viviremos otro día para fastidiarnos.» Se volvió y se apoyó de espaldas en la puerta. El viejo la estaba mirando y trataba de sonreír.

El belicoso negro apartó el manchado pañuelo del rostro y lo puso en la mano del viejo.

—Será mejor que lo queme, papaíto; está empapado de sangre de negro.

La borrachina eructó y abrió los ojos.

—¿Es la Cuarenta y Dos?

«La nota cómica», pensó Anita, la vieja zarrapastrosa había dado la nota cómica. Abrió su bolso y dejó caer un billete de diez dólares en la ancha falda, con sus raídas capas de ropa heterogénea.

 

Longman

A través de la reja de la salida de emergencia, Longman oyó los ruidos de la ciudad. Cuando se disponía a empujarla hacia arriba, el pie de un transeúnte hizo que retirase rápidamente la mano. El pie siguió adelante. Longman subió otro escalón y empujó la reja con ambas manos. La reja chirrió sobre los enmohecidos goznes, y una lluvia de partículas de orín cayeron sobre el hombre. Pero él siguió empujando con toda su fuerza. Cuando su cabeza llegó al nivel de la acera, oyó tiros a su espalda y debajo de él. Permaneció un instante inmóvil, pero en seguida siguió subiendo hasta salir a la calle.

Frente a la pared del parque, de espaldas a la acera, bajó despacio la reja y no la soltó hasta que estuvo a un par de centímetros del suelo. La reja cayó con fuerte ruido y levantando polvo. Varios transeúntes lo miraron, pero ninguno se detuvo ni volvió la cabeza. «La famosa indiferencia neoyorquina», pensó y cruzó la calle y se sumergió en la riada de peatones que fluía por delante de «Klein's». Al frente, cerca de la Calle Diecisiete, vio un coche de la Policía. Estaba aparcado, y un hombre se apoyaba en la ventanilla, hablando con uno de los guardias. Mirando al frente, Longman apretó el paso y dobló la esquina de la Calle Dieciséis. Hizo un esfuerzo para caminar más despacio y se dirigió hacia el Este. En Irving Place, torció a la izquierda, cruzó la calle y dejó atrás el descolorido bloque de ladrillos, ajado por el tiempo, de la Washington Irving High School. Un grupito de muchachos haraganeaba frente a la entrada: una joven china de labios muy pintados y cortísima minifalda, una chica negra y dos jóvenes negros con chaqueta de cuero.