Pelham 123

John Godey · Capítulo 70 de 120

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Pelham 123

Capítulo XVI

 

Tom Berry

Tom Berry observó cómo el jefe abría la puerta posterior y se sentaba al lado del hombre robusto en el doble asiento aislado. Ambos cubrían la puerta con sus armas. Entonces, Berry vio una luz que oscilaba en la vía y comprendió lo que esto significaba. La ciudad iba a pagar. Un millón de dólares en dinero efectivo. Se preguntó vanamente, por qué los secuestradores habrían fijado en un millón la suma del rescate. ¿Se limitaban sus horizontes adquisitivos a esta cifra arquetípica? ¿O pensaban —recordó el comentario del viejo—, cínica o prácticamente, que las vidas de sus rehenes valían sesenta mil dólares cada una?

La luz de la vía se acercaba a paso lento, casi litúrgico, y Berry pensó que él habría caminado de la misma manera si lo hubiese hecho en dirección a dos cañones de metralleta. Distinguió dos figuras, oscilando a la débil luz que se filtraba del vagón. No podía ver si eran policías o no; pero, ¿qué otra cosa podían ser? Desde luego, no eran cajeros de Banco. Experimentó un angustioso sentimiento de identificación con lo que aquellos dos debían estar pensando, y entonces, sin ninguna razón lógica, la imagen de su difunto tío acudió a su imaginación.

¿Qué habría dicho el tío Al de un par de policías entregando dócilmente mi millón de pavos a una pandilla de secuestradores, o de criminales —habría dicho él —, porque todos los que se apartaban de la ley eran criminales en el sencillo vocabulario del tío Al? Bueno, para empezar, el tío Al no lo habría creído. El tío Al, si hubiese actuado a su manera —en su época, tanto él como sus superiores habrían actuado así—, le habría dado al gatillo. Cincuenta, cien policías se habrían lanzado al ataque disparando sin cesar, y, en definitiva, todos los criminales habrían resultado muertos, amén de media docena de policías y de la mayoría de los rehenes. Según las normas del tío Al —y en su tiempo—, la gente podía pagar rescates, pero no la Policía. Los policías debían cazar criminales, no darles dinero.

En los tiempos del tío Al, todo era diferente. Si alguien se hubiese atrevido a pronunciar una palabra como «cerdo», habría sido molido a palos en un sótano. Y, en los tiempos del padre del tío Al, el trabajo de las fuerzas del orden era aún más sencillo; la mayoría de los problemas eran solventados por un panzudo guindilla irlandés, que no se andaba con chiquitas para agarrar y darle una patada en el culo al chiquillo más inofensivo. Bueno, el papel del policía había cambiado mucho en tres generaciones, dentro de su familia. La gente llamaba cerdos a los policías, y no pasaba nada. Si uno le daba una patada en el culo a un chiquillo, el teniente le ponía como chupa de dómine (y si por causalidad, era un trasero negro, se exponía uno a provocar un motín y a que lo linchasen antes de recibir ayuda).