Pelham 123

John Godey · Capítulo 13 de 120

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Pelham 123

Ryder

La voz de Ryder le hizo bajar de las nubes.

—Dile lo que quieres —dijo Ryder.

Longman dijo al conductor:

—Voy a llevarme la empuñadura del freno y la llave de doble marcha, y quiero también su llave de desenganche. —Desprendió la primera de su vástago y alargó la otra mano. El conductor pareció vacilar; pero, sin decir palabra, buscó la otra llave en su abultado bolsillo y se la entregó a Longman—. Ahora saldré de la cabina —dijo, y se sintió complacido por el tono tranquilo de su voz—. No intente nada.

—No lo haré —dijo el conductor—. Puede estar seguro.

—Es lo que más le conviene —dijo Longman, sintiendo su superioridad sobre el conductor. Era irlandés, pero de los blandos, no de los que luchan. Estaba tan asustado como para orinarse en los pantalones—. Y recuerde lo que le dije acerca de la radio.

—Ya está bien —dijo Ryder.

Longman se metió en el bolsillo del impermeable la empuñadura del freno y las grandes llaves. Se deslizó entre Ryder y el montón de paquetes y salió de la cabina. Los dos chicos le miraron asombrados. Les sonrió, les hizo un guiño y echó a andar por el pasillo. Un par de viajeros le miraron al pasar, pero sin el menor interés.

 

Ryder

—Vuélvase de espaldas —ordenó Ryder—. De cara a la ventanilla.

El conductor lo miró, atemorizado.

—Por favor...

—Haga lo que le digo.

El conductor se volvió lentamente hacia la ventanilla. Ryder se quitó el guante de la mano derecha, introdujo el índice en su boca y se quitó los postizos de gasa aséptica de debajo de los labios superior e inferior, y después, los que llevaba en la parte interior de cada mejilla. Hizo una bola con las mojadas gasas y la dejó caer en el bolsillo izquierdo de su impermeable. Después sacó un trozo de media de nilón del bolsillo derecho. Se quitó el sombrero, se metió la media en la cabeza y, tras ajustar las aberturas para los ojos, volvió a calarse el sombrero.

Los disfraces habían sido una concesión hecha a Longman. Por su parte, Ryder había dicho que, a excepción del conductor y del jefe de tren, no era probable que ninguno de los pasajeros se fijase en ellos antes de ponerse las máscaras. E incluso si alguno se fijaba, era un hecho comprobado —los propios policías eran los primeros en reconocerlo— que los ciudadanos no adiestrados eran poco de fiar en sus descripciones de las personas. En cuanto al conductor y el jefe de tren, aunque fuesen un poco más exactos en su descripción, sólo podían contribuir a elaborar un retrato robot, cosa que no debía preocuparles. Sin embargo, no había discutido la proposición de Longman, rechazando únicamente las cosas complicadas. En definitiva, los disfraces habían quedado reducidos a las gafas de Longman, la peluca blanca de Steever, las patillas y el bigote postizos de Welcome y las gasas introducidas en la boca del propio Ryder, para llenar sus huecos y disimular su delgadez.

Tocó ligeramente el hombro del conductor.

—Puede volverse.

El conductor miró la máscara y desvió la mirada, en una intencionada pero un tanto tardía demostración de su falta de interés por el aspecto de Ryder. «Era —pensó Ryder fríamente— una actitud que quería ser amistosa.»

—Dentro de poco —dijo— recibirá una llamada por radio del Centro de Control. No haga caso. No conteste. ¿Comprendido?

—Sí, señor —dijo el conductor, ansiosamente—. Prometí al otro hombre que no tocaría la radio. Colaboraré con ustedes. —Hizo una pausa—. Quiero conservar la vida.

Ryder no respondió. Desde detrás de la ventanilla delantera veía el túnel que se perdía a lo lejos, débilmente iluminado por las luces de señales. Observó que Longman había detenido el tren a menos de diez pasos de la luz que indicaba un puesto de emergencia.

—Pueden llamar cuanto quieran —dijo el conductor—. Estoy sordo.

—Cállese —dijo Ryder.

Pasarían un minuto o dos antes de que la Torre de Grand Central empezase a inquietarse y estableciese contacto con el Centro de Control, para decirle: «Las señales indican que hay un tren detenido en el túnel.» «Para él —pensó Ryder—, eran unos minutos muertos», durante los cuales nada tenía que hacer, salvo cuidar de que el conductor «se portase bien». Welcome estaba en su puesto, vigilando la puerta posterior del último vagón; Longman se encaminaba a la cabina del segundo coche; podía estar seguro de que Steever y el jefe de tren avanzaban a lo largo del convoy. Confiaba a ciegas en Steever, aunque tenía menos seso que cualquiera de los otros. Longman era inteligente, pero cobarde, y Welcome era un chiflado peligroso. Se portarían bien, si las cosas se desarrollaban según lo previsto. En otro caso, podían salir a relucir sus respectivas flaquezas.

—Centro de Control llamando a Pelham Uno Dos Tres. Centro de Control llamando a Pelham Uno Dos Tres. Conteste, por favor.

El pie del conductor se movió de modo involuntario hacia el pedal, que podía emplearse alternativamente con el botón del propio micrófono, para transmitir. Ryder le dio una patada en el tobillo.