Pelham 123

John Godey · Capítulo 107 de 120

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Pelham 123

Ryder

Pero la mayor parte de las veces hacía su antiguo recorrido. Por la Tercera Avenida, en los años treinta. Aún había muchos irlandeses por allí, pero predominaban los armenios. Doc Bajian, el droguero. Menjes, el de la abacería. Maradian, del «Mear East Food Store», cuyos platos no podía comer, por demasiado cargados de especias, de polvos. No; Menjes era griego... En el blanco y soleado paisaje de Ie Shima había hileras de cruces y unos cuantos nombres conocidos... No; esto era una foto que había visto una vez en una revista: las tumbas de los bravos GI de la 77, que habían muerto en Ie Shima.. Le manaba la sangre de una herida en la frente. Nada grave; ni siquiera le dolía. ¿Una simple rozadura de una bala nipona?

Un hombre caminaba por la calle delante de él. Frunció el ceño y apretó el paso. Estaba en la vía, en el túnel, y, delante de él, un hombre caminaba despacio hacia el Sur, entre los raíles de los trenes locales. Conocía de vista a todos los que transitaban por su ruta. Pero no reconoció a aquel hombre. Ni le gustó su manera de andar. ¿Qué estaba haciendo allí, a altas horas de la noche? No hacía nada sospechoso, pero despertó su viejo instinto, el viejo instinto del policía que olía los alborotadores. Tenía que alcanzarlo y cachearle.

Un hombre entre los raíles. Y llevaba algo en la mano. ¿Una pistola? Podía ser una pistola. Nadie podía llevar armas en su ruta, la ruta de un inteligente y ambicioso policía dispuesto a ascender hasta llegar a subinspector jefe. Sacó su propia arma de la funda. Vio que el hombre se paraba. Miraba hacia abajo. Empezaba a inclinarse sobre alguien...

—¡Alto! ¡Quieto! ¡Suelte la pistola!

El hombre giró en redondo, agachado, y Daniels vio el fogonazo en el cañón.

Él respondió al fuego, y el trueno de su arma en el nocturno silencio de la calle, aclaró su mente y lo orientó. Estaba liquidando cuentas con un pistolero que había irrumpido en el salón de Pauline Ryan...

 

Ryder

Ryder no tuvo tiempo de pensar nada. Murió instantáneamente, con un sabor metálico en la lengua, a causa de una bala del calibre 38, que penetró justo por debajo de su mentón, le rompió los dientes y el paladar y se incrustó en su cerebro.

 

El subinspector jefe Daniels

«Buen disparo», pensó el subinspector jefe Daniels, tan bueno como el de treinta y cinco años antes, cuando mató a aquel hombre armado que quería entrar a saco en el salón de Ryan. Aquello le valió la primera recompensa, por no hablar de la caja de whisky que le estuvo enviando Paulie por Navidad, durante más de quince años, hasta que el hombre murió y su educado hijo se encargó del establecimiento, con nuevas ideas y sin el menor deseo de seguir cumpliendo las obligaciones de su padre.

Era curioso que aquello se hubiese repetido. Pero, ¿qué estaba haciendo en un túnel del Metro?

Se acercó al caído pistolero, que estaba tumbado boca arriba, con los ojos abiertos y mirando el techo del túnel. ¿Un túnel? Daniels se inclinó sobre el pistolero, aunque no había mucho que ver: un hombre muerto, correctamente vestido y con la cara ensangrentada y hecha una ruina. Bueno; éste no volvería a hacer trastadas, ni a enfrentarse con un oficial de la Policía.

Se volvió hacia la víctima. ¡Pobrecilla! También ensangrentada, pero viva. Una brillante cabellera rubia caía sobre sus hombros; los pies un poco sucios, dentro de las sandalias abiertas; pero esto era culpa del pavimento de la ciudad. Se arrodilló en el suelo y dijo, con voz amable y tranquilizadora:

—Dentro de un momento llegará una ambulancia, señorita.

La cara se frunció, sus ojos pestañearon, y sus labios se dilataron; el subinspector jefe se inclinó más para oír su murmullo. Pero en vez de palabras llegó hasta él una carcajada, sorprendentemente estruendosa en una chiquilla tan joven.