Pelham 123

John Godey · Capítulo 23 de 120

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Pelham 123

Clive Prescott

Pero ni siquiera él estaba preparado para un problema de esta clase cuando, al fin, habló el Pelham Uno Dos Tres, y guardó un silencio breve, pero extraordinario en él. Después soltó un rugido, y todos los que estaban en el vasto Centro de Control se miraron y se hicieron guiños. Frank Correll era famoso incluso entre los jefes de servicio, que son, por tradición, duros, gesticulantes y vocingleros astros de la Jefatura de Tráfico, y que representan su papel a la perfección. Delgado, nervudo, impaciente, chillón, con no poca energía de más, era un hombre que parecía hecho adrede para su cargo. Por eso nadie, al oírle chillar, tuvo motivos para creer que sucedía algo fuera de lo corriente.

Correll recobró su aplomo o, al menos, socofó el fuego de su ira, y dijo, con voz serena, o que podía parecer serena tratándose de él:

—Le he oído. ¿Qué quiere decir con eso de un tren secuestrado? Explíquese. No. Espere un momento. También ha cortado la corriente. ¿Por qué lo ha hecho, y por qué no ha informado a la Central Eléctrica? Vamos, explíquese y procure hacerlo bien.

—¿Tiene usted un lápiz, señor jefe de servicio?

—¿Qué estupidez es ésta? ¿Es usted el conductor?

—No soy el conductor. Escúcheme bien. Preste atención. ¿Tiene usted un lápiz?

—¿Quién diablos es usted? ¿Tiene autorización para estar en la cabina del conductor? Identifíquese.

—Escúcheme, jefe de servicio, pues no me gusta repetir las cosas. Atienda. Su tren ha sido secuestrado por un grupo de hombres armados. Como ya sabe, la corriente ha sido cortada. Y también el tren. Estamos en el primer vagón y retenemos como rehenes a dieciséis pasajeros y al conductor. No vacilaremos en matarlos a todos, en caso necesario. Somos capaces de todo, señor jefe de servicio. Corto y cierro.

Correll cortó, a su vez, y apretó el sexto botón, que, entre otras cosas, le ponía automáticamente en comunicación con la Policía de Tráfico. Sus manos temblaban de ira.

 

Clive Prescott

Una de las secretarias del presidente de JTM llamó por teléfono al teniente Clive Prescott, para informarle de que los distinguidos visitantes de Boston, que acababan de comer con el Presidente, estaban en este momento en el ascensor, bajando del piso decimotercero al segundo, y para recordarle que eran amigos personales del Presidente y que, por tanto, debían ser tratados con las máximas atenciones.

—Pondré la alfombra roja en cuanto acabe de quitarle el polvo —dijo el teniente Prescott.

Colgó, se dirigió al pupitre de información, situado junto a la entrada de la Jefatura de la Policía de Tráfico —o Centro Neurálgico, según preferían llamarla los propios policías— y esperó a que el ascensor descargase su preciosa mercancía.

Sintió una satisfacción diabólica al acercarse a saludarles y observar su reacción, pues no lograron disimular del todo su sorpresa al encontrarlo algo distinto de lo que habían esperado: un matiz diferente, pensó él, con delicada ironía. Pero se dominaron en seguida (tuvo que reconocerlo) y le estrecharon la mano sin la menor muestra de disgusto o violencia. A fin de cuentas, ellos no perdían ninguna oportunidad, y — ¿quién podía saberlo?— tal vez un día se trasladaría él a Boston, donde los votos de los negros en las urnas, por muy lamentable que fuese esta circunstancia, valían exactamente lo mismo que los de los blancos.

Eran políticos e irlandeses —¿podían ser otra cosa?—. Uno de ellos, reservado, y el otro, franco. Se llamaban Maloney (el franco) y Casey (el reservado). Sus ojos agudos y azules, casi idénticos, recorrieron en seguida, no sin cierto prejuicio, su elegante traje de algodón (ligeramente ceñido y con larga abertura central en la espalda), su atrevida camisa a rayas rojas, blancas y negras, su corbata «Condesa Mara» y sus puntiagudos zapatos italianos (cincuenta y cinco dólares, en la tienda); y sus pequeñas narices olieron el perfume de «Canse». Su apretón de manos fue, al mismo tiempo, breve y afectuoso..., como suelen darlo los hombres en quienes esta acción forma parte de la rutina cotidiana.

—Como observarán, aquí estamos algo apretados... —Prescott dejó inacabada su excusa. A ellos les aburriría oírla, como a él le aburría exponerla. En tono más animado, dijo—: Los jefes tienen allí sus oficinas. —Un vago ademán—. Aquélla es la del jefe Costello... —Los visitantes intercambiaron una rápida mirada, que Prescott tradujo en estos términos: «Bueno, bravo por Costello, que lleva un noble apellido irlandés; sólo habría faltado que el jefe superior fuese también moreno.»— Por aquí, caballeros...

El protocolo disponía ir primero a Operaciones, donde los visitantes firmaban en el libro de honor; pero Prescott resolvió invertir el orden. Con un poco de suerte, la mañana, que había sido tranquila en Operaciones, podía volverse emocionante. Ayer se había producido una alarma de bomba en una estación de la IND (después había resultado falsa), y las llamadas no habían parado un momento entre Operaciones y los agentes que registraban las vías y la estación. Habría sido un buen espectáculo para los visitantes. Los alejó de Operaciones y los condujo al Teletipo y a la Unidad de Personal.

Tranquilo, como el improvisado profesor de una clase de dos alumnos distinguidos, Prescott se detuvo en el sector de los teletipos y explicó el funcionamiento de aquellas ruidosas máquinas.

—Estamos en comunicación continua con el Departamento de Policía de Nueva York. Recibimos todas sus llamadas por teletipo, y ellos reciben las nuestras. Hay dos máquinas independientes para la MABSTOA, las líneas municipales de autobuses y la Sección de Servicios.

Los visitantes tenían un aspecto adormilado. Prescott no les censuró por ello. La falta de interés del orador hace que se desinteresen los oyentes. Lo había hecho ya tantas veces, que estaba hasta las narices. Ser policía de salón, con excesivas funciones de relaciones públicas, era lo mismo que no ser policía. Pero le pagaban por esto. «Por tanto —pensó, suspirando interiormente—, larguémosles unos cuantos datos.»

—Tal vez les gustaría conocer algunos detalles del Departamento. —Hizo una pausa, y el teletipo del DPNY repicó continua y plácidamente—. Deben saber que la fuerza de Policía de la JT cuenta con unos tres mil doscientos hombres, o sea, un poco más del diez por ciento de todas las fuerzas del DPNY. Tal vez les parezca poco, pero, en realidad, figuramos entre las veinticinco fuerzas de Policía más importantes de todo el país. Nuestro campo de operaciones es muy vasto: trescientos ochenta kilómetros de vías, cuatrocientas setenta y seis estaciones, con un sesenta por ciento aproximado de todo ello bajo tierra. ¿Les sorprende?

Ninguno de los dos parecía sorprendido en lo más mínimo; pero, para complacerle, fingieron sorprenderse.

—En realidad —dijo Prescott— hay doscientas sesenta y cinco estaciones subterráneas y ciento setenta y tres elevadas...

Hizo una pausa, y ahora fue Maloney quien le deparó una sorpresa. Con voz aguda, dijo:

—Esto hace un total de cuatrocientas treinta y ocho estaciones. Y usted dijo que eran cuatrocientas setenta y seis.

Prescott sonrió con indulgencia, como ante un alumno aprovechado:

—Precisamente iba a añadir que hay treinta y ocho estaciones de superficie. Pero no quiero cansarles con detalles... —Aunque, en realidad, era esto lo que quería: abrumarlos con detalles, para que se sintiesen tan fatigados como él—. Tal vez les interese saber que la estación más alta del ferrocaril es la de SmithCalle Nueve, en Brooklyn, que está a veintiséis metros y medio sobre el nivel de la calle. En cambio, la estación más profunda es la de la Calle Ciento Noventa y Uno y la Avenida de San Nicolás, que está a cincuenta y cuatro metros por debajo del nivel de la calle, contados desde las vías.

—¡ Caramba! —exclamó Maloney.

Casey disimuló un bostezo.

—La estación de Grand Central —siguió diciendo Prescott, con voz monótona— es la de más movimiento de pasajeros de toda la línea, pues despacha más de cuarenta millones de billetes al año. La de más movimiento en trenes es la de la Calle Cuatro Oeste, en la línea IND: cien trenes por hora en ambas direcciones, en las horas punta.

Maloney exclamó de nuevo:

—¡Caramba!

Y Casey siguió bostezando.

Prescott, vengativo, pensó: «Si no cierra la boca, voy a decirle cuántas escaleras automáticas hay.»

—Hay siete mil coches en servicio. ¡Oh! Y noventa y nueve escaleras automáticas. Pues bien, todo esto, incluidos pasillos, galerías y todo lo demás, debe ser atendido por tres mil doscientos policías durante las veinticuatro horas del día. Probablemente sepan ustedes que hay un policía en cada estación y en cada tren desde las ocho de la noche hasta las cuatro de la madrugada. Desde que implantamos esta vigilancia se ha reducido en un sesenta por ciento el número de delitos.

Casey dejó de bostezar y dijo, a la defensiva:

—También en el Metro de Boston se cometen delitos.

—Aunque no pueden compararse con los de aquí —dijo amablemente Maloney.

—Gracias —dijo Prescott—. Como la Policía de la ciudad, tenemos que enfrentarnos con robos, atracos, toda clase de violencias, borrachos, descuideros, carteristas, gamberros; en fin, con toda clase de delitos y faltas. Y, si me permiten decirlo, actuamos con mucha eficacia. Desde luego, llevamos armas de fuego, tanto durante el servicio como fuera del mismo...

Casey inició otro bostezo, y Maloney dirigió una mirada interrogadora al teletipo del DPNY.

Prescott captó la insinuación de Maloney y condujo hasta la máquina a sus visitantes.

—Aquí se registran todas las llamadas dirigidas al DPNY.

Maloney echó un vistazo a la movible hoja de papel.

—No hay más que coches robados. —Miró de nuevo—. Un «Oldsmobile» mil novecientos cincuenta. ¿A quién se le ocurrirá robar un «Oldsmobile» de mil novecientos cincuenta?

Prescott resolvió pasar por alto la Unidad del Personal.

—Y ahora —dijo— iremos a Operaciones, que es realmente el corazón del Centro Neurálgico.

Al entrar en la amplia estancia, dividida en pequeños rectángulos por una serie de mamparas de cristal, Prescott observó que el corazón latía lánguidamente. Había cierta actividad, pero de pura rutina. Se apoyó en la pared de cristal que separaba Operaciones de Archivos y dejó que los visitantes captasen la escena. Como era de esperar, fijaron su atención en el enorme mapa que cubría la pared del fondo.

—Lo llamamos Plano de Situación —dijo Prescott—. Indica la posición de todos los hombres en servicio. Las luces rojas representan policías del IRT, y las amarillas, los del BMT y el IND. La sala de Operaciones y los hombres de servicios están en continuo contacto. Muchos agentes van equipados con radiorreceptores y emisores, cada uno de los cuales cuesta ochocientos dólares, y todos los demás llaman por teléfono una vez cada hora. O más a menudo, si tienen algún problema.

—Es bonito —dijo Maloney—. Con todos esos colores...

Maloney tenía ojos de poeta. El largo plano estaba dividido en zonas de diferentes colores —amarillo, rojo, anaranjado, azul, verde— según los diversos sectores del sistema, y las luces, que cambiaban y centelleaban para indicar los cambios de posición de los agentes, le añadían un nuevo toque de color. En conjunto —admitió Prescott— era una bonita constelación.

Garber era el jefe de operaciones, y, cual hombre clave del tinglado, actuaba como tal. Prescott le presentó a Maloney y Casey, y Garber —moreno, barbudo— les estrechó la mano con impaciencia y les ordenó bruscamente que firmasen en el libro — registro.

Prescott dijo:

—Estos caballeros son amigos del Presidente. Intimos amigos.

Garber gruñó. «Le importa un bledo», pensó Prescott. Era un policía importante, atareado, atosigado; la seguridad del público descansaba sobre sus hombros, y le tenía sin cuidado que sus visitantes fuesen amigos del mismísimo moro Muza. En fin, ¿qué se le iba a hacer?

Prescott dijo a los visitantes:

—Tengan la bondad de venir, caballeros. —Lo siguieron, obedientes; pero incluso Maloney daba señales de querer bostezar, y los dos pares de ojos taimados y azules parecían fatigados—. Éstas son las mesas de asignaciones, y hay una por cada una de las tres secciones del Metro. Cada una de ellas está a cargo de un sargento, ayudado por un agente y por un operador de radio. Advertirán que sus tableros son muy parecidos a los que vieron en el Centro de Control. Cuando se recibe una llamada comunicando un incidente, el sargento redacta un mensaje en la máquina de escribir eléctrica, mensaje que queda registrado en el pupitre del encargado de la radio, el cual llama al agente de servicio y le ordena que se dirija al lugar donde se ha producido el incidente. Es un departamento muy agitado..., bueno, en general.

Jamás lo había visto tan muerto. Dos de los sargentos estaban fumando, apoyados en los codos, y dos operadores de radio charlaban entre sí.

—Ojalá hubiesen estado ayer aquí —dijo Prescott—. Hubo una alarma de bomba, que nos trajo de cabeza.

El sargento del IND, que estaba escuchando, confirmó sus palabras.

—Hace una semana —dijo— tuvimos, en sólo media hora, tres riñas a cuchilladas.