Pelham 123

John Godey · Capítulo 18 de 120

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Pelham 123

Capítulo V

 

Tom Berry

Tom Berry se dijo —se había estado diciendo— que en ningún momento había podido emprender una acción adecuada. Tal vez si no hubiese estado soñando despierto, pensando en Deedee en vez de pensar en el deber, tal vez si hubiese estado medianamente alerta, habría advertido que se estaba tramando algo sospechoso. Pero cuando abrió los ojos contó cuatro metralletas, cada una de las cuales le habría llenado el cuerpo de agujeros antes de que pudiese tocar su pistola.

Sin duda, muchos policías habrían hecho algo, a pesar de todo; se habrían suicidado a sabiendas, respondiendo automáticamente a las severas lecciones recibidas desde el día de su ingreso en la Academia de Policía: una mezcla de sentido

del deber, [2] machismo y desprecio por el criminal. Deedee lo habría llamado lavado de cerebro. Sí; él conocía a policías de esta clase, y no todos ellos eran estúpidos, ni todos ellos eran personas honradas. ¿Lavado de cerebro, o simplemente hombres que se tomaban en serio su misión? En cambio, él, con una 38 en el bolsillo, se había quedado sentado, sin experimentar ningún reflejo. Sólo le quedaba el consuelo de que estaba vivo y entero y, probablemente, dando fin a su carrera de policía.

Le habían enseñado a defender la ley, y él había jurado hacerlo, imponer el orden, no permanecer inactivo como los ciudadanos a los que estaba obligado a proteger. Los policías no debían dormitar mientras se cometía un delito, ni calcular con precisión las probabilidades que tenían en contra. Ni siquiera los policías de paisano o libres de servicio. Se suponía que opondrían la fuerza a la fuerza, y, si morían en el empeño, no habrían hecho más que seguir la más noble tradición de la Policía: el cumplimiento del deber.

En fin, si hubiese sacado su pistola, seguramente habría seguido aquella noble tradición, dando testimonio de ella con su valor y con su muerte. Como recompensa, lo habrían enterrado con honores de inspector, con asistencia del jefe de Policía, del alcalde y de los demás jefazos, todos ellos de uniforme y con guantes blancos, y, al aparecer en la TV el noticiario de las once, se habrían humedecido los ojos de todos los espectadores. Un estupendo final, aunque no estuviese uno en condiciones de apreciar su pompa y su solemnidad. ¿Quién le habría recordado con dolor, de verdad, no oficialmente? ¿Deedee? ¿Lo lloraría Deedee o lo recordaría mañana, salvo como a un ausente compañero de lecho? ¿Se daría cuenta de lo que significaba «Mueran los cerdos», en término de efusión de sangre, huesos rotos y órganos destrozados?

Entreabrió los párpados y vio que la escena había cambiado un poco. El hombre que había saltado del vagón, tal vez para cortar la corriente, había regresado, y el más alto, el jefe, entraba ahora en la cabina del conductor. El más corpulento estaba en el centro del coche, y el cuarto individuo organizaba la salida de los pasajeros de la parte posterior del vagón. «Por consiguiente —pensó Berry—, las fuerzas no estaban ya en la terrible proporción de cuatro a uno, sino en una simple, pero aún terrible, proporción de dos a uno. Una magnífica oportunidad. Para que lo mataran a uno. "Compréndalo, señor —diría a un severo capitán—, no me importaba lo que pudiese pasarme, pero no quería que le pasara algo a ningún pasajero; por eso me abstuve de sacar mi pistola y seguí buscando la manera de servir al público, en interés de todos y siguiendo la más notable tradición del Departamento."»