Pelham 123

John Godey · Capítulo 97 de 120

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Pelham 123

El subinspector jefe Daniels

¿Dónde estaría la pistola? Podía hallarse en cualquier lugar del túnel, entre las calles Catorce y Veintitrés. «¿Dónde está mi pistola?» Empezó a buscar arrastrando la mano sobre el sucio suelo del túnel.

 

El subinspector jefe Daniels

A través de la ventanilla del Woodlawn Uno Cuatro Uno pudo verse que oscilaba, como licuándose, el débil rectángulo de luz que marcaba el sitio en que se hallaba el Pelham Uno Dos Tres. El subinspector jefe Daniels se frotó los ojos.

—Empieza a moverse —dijo el conductor.

—Bueno, ¿a qué diablos está esperando? —gritó Daniels.

—Sólo su señal, como usted dijo. Me está lastimando el brazo, capitán. De este modo no puedo conducir.

El subinspector jefe aflojó la presión.

—En marcha. No muy de prisa.

—Ellos sí que se dan prisa —dijo el conductor. Empujó la palanca, y el tren arrancó—. Parece que han salido disparados. ¿Ve usted lo de prisa que pasan las señales del verde al rojo? ¿De verdad quiere usted que vaya despacio?

—No quiero que nos vean.

—A esta velocidad, seguro que no nos verán. Ni nosotros a ellos.

—Entonces, acelere, ¡maldita sea!, si cree que debe hacerlo.

—Acelero —dijo el conductor—. Creo que debo hacerlo.

Movió la palanca de velocidad, y el tren salió lanzado. Pero esto duró sólo un momento. Las ruedas delanteras produjeron un débil ruido metálico, y todo el túnel pareció estallar. La parte posterior del vagón saltó de la vía, permaneció una fracción de segundo suspendida en el aire y cayó pesadamente. Las ruedas se salieron de los raíles y rodaron por el suelo. El vagón osciló y saltó como loco, y, al aplicar los frenos el conductor, rozó contra media docena de pilastras antes de quedar inmóvil, entre una nube de polvo y de metal recalentado.

—¡Malditos canallas! —exclamó el conductor.

A su lado, el subinspector jefe se sujetaba la cabeza con la mano. Tenía la mirada extraviada, y un hilillo de sangre brotaba de su frente y resbalaba por su cara.

El subinspector jefe empujó al conductor y salió de la cabina. Se apoyó en la puerta para recobrar el equilibrio y observó el vagón. Todo el mundo gritaba. Media docena de policías estaban en el suelo. Las armas habían rodado por todas partes. Una fina y ácida nubecilla de humo flotaba perezosamente en el vagón.

El subinspector jefe observó cómo los hombres se levantaban del suelo y se sintió curiosamente ajeno a la escena. Un hombre rodaba de un lado a otro, lanzando gemidos ahogados y agarrándose la rodilla.