Pelham 123
El agente Wentworth
—Entendido. ¿Es todo?
—Nada más. Pero recuerde que las normas establecidas siguen en pleno vigor. Cualquier acción por parte de la Policía, cualquier movimiento en falso, y mataremos un rehén.
—Sí —dijo Prescott—. Ya me imaginaba esto.
—Tienen diez minutos para entregar el dinero. Si no llega en este plazo...
—Sí —dijo Prescott—, matarán a un rehén. Esto empieza a hacerse monótono. Pero necesitamos más de diez minutos. No pueden caminar tan de prisa por el túnel.
—Diez minutos.
—Denos quince —insistió Prescott—. No es fácil andar entre las vías, y uno de ellos llevará un paquete bastante pesado. Denos quince.
—Diez minutos. Y se acabó la discusión. Cuando tengamos el dinero en nuestro poder, volveré a llamarlo para darle las últimas instrucciones.
—Las últimas instrucciones, ¿sobre qué? ¡Oh! La huida. Jamás conseguirán escapar.
—Compruebe su reloj, teniente. Yo tengo las tres y catorce minutos. Les queda hasta las tres y veinticuatro para hacer la entrega. He terminado.
—He terminado —dijo Prescott—. Has terminado, ¡bastardo!
El agente Wentworth
El agente Wentworth, apretando a fondo el acelerador y siguiendo a la ruidosa escolta motorizada, llegó a Union Square a las 3:15 y 30 segundos, enfiló la cerrada curva limitada al Este por Klein's y al Oeste por el parque de Union Square, y, con el camino despejado, subió por la avenida hasta la Calle Veintiocho en cuarenta segundos. Nada menos que un teniente les indicó una vuelta en U. Él se arrimó al ángulo, rascó el bordillo con el neumático de la rueda trasera izquierda, subió la rampa y se detuvo en seco en el aparcamiento, mientras se alejaba la escolta motorizada.
Wentworth reconoció al comisario del distrito, que avanzaba hacia ellos con un trotecillo oscilante de peso pesado. Torciendo los labios, dijo Wentworth:
—Estamos en buena compañía, Al. Me imagino que, por nuestro buen trabajo, nos ascenderá dos grados en el acto.
El comisario del distrito llegó resoplando, abrió la portezuela de Ficci y gritó:
—¡Arrojad ese maldito saco!
Ricci, desilusionado, empujó el saco, que fue a golpear las rodillas del comisario. Éste lo recogió y lo lanzó a dos policías que esperaban junto a él: un agente de casco azul y un sargento de Tráfico.