Pelham 123
Artis James
—Todavía no —dijo el agente.
—¿Qué quieres decir con eso de todavía no?
—Que no lo hará hasta que pueda vernos el blanco de los ojos —dijo el agente, mirando de soslayo a Miskowsky y riendo entre dientes.
Artis James
Artis James estaba aterido. Tenía la impresión de que había estado siempre en aquel túnel y de que seguiría estando para siempre en él. Se había convertido en su elemento: un océano subterráneo, oscuro, húmedo, lleno de susurros.
No se atrevía a mirar atrás, por miedo a lo que pudiesen contener las sombras. Hasta el vagón que estaba frente a él era más tranquilizador, ya que se trataba de algo conocido. Se echó el pico del gorro hacia atrás y aplicó el ojo al borde del pilar, como si fuese una mirilla vertical, y vio aparecer parte de una figura: la mitad de la cabeza y el hombro derecho. La figura permaneció allí durante unos diez segundos y se retiró. Después, volvió a aparecer a intervalos de un minuto, aproximadamente, y Artis comprendió que era el centinela de la parte posterior del vagón, que observaba la vía y mantenía recto el cañón de la metralleta, como una antena exploradora. La segunda vez que apareció aquella figura, Artis pensó que, gracias a la luz del vagón, constituía un buen blanco para cualquiera. Desde luego, un revólver tenía poca precisión a aquella distancia, salvo para un tirador excepcional. Como él, por ejemplo. Si tenía tiempo para apuntar bien, si podía apoyar el arma y la muñeca en el borde del pilar, sabía que no fallaría.
Trató de recordar las órdenes exactas que le había dado el sargento de Operaciones. ¿Estarse quieto? Algo así: permanecer quieto y no hacer nada. No obstante, si podía presentar como excusa a un criminal muerto, ¿lo castigarían por no cumplir las órdenes al pie de la letra? Cuando la corpulenta figura apareció de nuevo en la puerta del vagón, Artis tenía su revólver en la mano, apoyado el cañón en la muñeca izquierda. Apuntó, esperó a que la figura se retirase y volvió a enfundar el arma. Pero volvió a sacarla inmediatamente y a colocarse en posición de tiro. Cuando la figura apareció de nuevo, apretó el gatillo.
Si hubiese quitado el seguro, se habría apuntado en su haber un delincuente muerto. Al retirarse la figura, puso y quitó el seguro varias veces, por ningún motivo especial, y volvió a enfundar el revólver. Pero dudó acerca de cómo había quedado el seguro, por lo cual sacó de nuevo el arma y lo comprobó. Estaba puesto. Artis era demasiado experto para cometer esta clase de errores. Siguió empuñando el arma, pero ésta pendía junto a su pierna cuando apareció de nuevo la figura. Al desaparecer ésta, apuntó a la puerta, y esta vez, impulsivamente, quitó el seguro.
Cuando reapareció la figura, quedó situada ante su punto de mira. Artis inspiró profundamente y apretó el gatillo. El disparo retumbó en el túnel como la explosión de una bomba, y Artis oyó, o creyó oír, un tintineo de cristal roto, al penetrar la bala por la ventanilla. Vio que la figura retrocedía bruscamente, y comprendió que había hecho blanco. De pronto, el túnel se convirtió en un infierno de fogonazos y balas que robotaban en las paredes. Artis se encogió detrás de la pilastra, para resguardarse, y tuvo la seguridad de que, si no lo mataban los secuestradores, caería bajo las balas de los policías del túnel, si éstos decidían replicar al fuego.