Pelham 123

John Godey · Capítulo 93 de 120

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Pelham 123

Ryder

Todos los hombres de a pie y todos los coches se enteraron inmediatamente de la noticia.

Y empezó la persecución hacia el Sur, bajo tierra y en la superficie, como si todos los perseguidores estuviesen atados con hilos invisibles al Pelham Uno Dos Tres.

 

Ryder

Longman estaba excitadísimo y tropezó después de empujar el tubo. Pero no lo soltó al arrancar el tren y echarse él atrás; el tubo quedó en su mano. Ryder tiró de él, lo arrastró hasta el refugio de la pared del túnel y lo sujetó pasando un brazo sobre su pecho tembloroso, mientras la terrible mole del vagón pasaba zumbando.

Ryder arrancó el tubo de la insegura mano de Longman y lo arrojó al otro lado de la vía. Chocó con una columna y fue a caer sobre la vía del Norte. Steever y Welcome les esperaban, pegados a la pared del túnel, a una distancia equivalente a la longitud del vagón.

—Vamos —dijo Ryder.

Sin volverse a mirar si lo seguían los otros, se echó a correr hacia el Sur y se detuvo frente a la blanca luz de la salida de emergencia. Los otros se reunieron con él.

—No perdamos tiempo —dijo Ryder, vivamente—. Ya sabéis las instrucciones.

—Me pareció ver algo que caía de la parte de atrás del vagón —dijo Steever.

Ryder miró hacia atrás, sobre la vía. La luz del vagón en marcha se desvanecía a lo lejos.

—¿Qué aspecto tenía?

Steever se encogió de hombros.

—Grande. Como una sombra. Podía ser una persona. Pero no estoy muy seguro.

Welcome dijo:

—Si alguien se cayó de ese vagón, está listo para la funeraria. —Levantó su metralleta—. ¿Quieres que vaya a echar un vistazo? Si hay alguien allí y todavía vive, lo remataré.

Ryder volvió a mirar la vía. No se veía a nadie. Miró a Steever. ¿Psicosis de guerra? No sería la primera vez que la tensión conjurase fantasmas; había visto esto en hombres tan fríos y poco imaginativos como Steever. Soldados que patrullaban en la noche y daban la voz de alarma sin motivo alguno. Centinelas que disparaban contra sombras. Sí, también podía ocurrirle a Steever, y más teniendo en cuenta el dolor de la herida y los efectos causados por la pérdida de sangre...

—Olvídalo.

—Sólo he liquidado a uno en toda la tarde —dijo Welcome—. No me importaría grabar otra muesca en la culata de la metralleta.

—No —dijo Ryder.

—No —dijo Welcome, imitándolo—. ¿Y si decidiese actuar por mi cuenta?

—Estamos perdiendo tiempo —dijo Ryder—. Empecemos.

—Por orden, ¿no? —dijo Welcome.

—¿Estás seguro de que no habrá nadie ahí arriba? —preguntó Longman, moviendo la barbilla hacia lo alto—. ¿Se habrán marchado los policías?

—Sí —respondió Ryder—. Seguirán al tren. —Observó un matiz de impaciencia en su propia voz, e hizo una pausa—. ¿Listos? Voy a dar las órdenes.

—Las órdenes —dijo Welcome—. ¡Una mierda!

Ryder no le hizo caso. Las órdenes precisas eran una necesidad, no un capricho. En los ensayos, cuando cada cual actuaba por sí solo, siempre había alguien que se olvidaba un detalle; por esto había apelado a la sencilla rutina de las órdenes sucesivas. También había resuelto no entrar de momento en la cámara de la salida de emergencia, dada la posibilidad de que algún transeúnte mirase a través de la reja y pudiese verlos u oírlos.

—Metralletas —dijo Ryder, vivamente, y dejó la suya sobre el suelo.

Steever y Longman lo imitaron, pero Welcome se hizo el remolón, acariciando el arma en ademán posesivo.

—Vamos, Joe —dijo Steever—, necesitas dos manos para trabajar.

Welcome dijo:

—¿Quién te crees que eres? ¿El capitán ayudante?

Pero, a regañadientes, soltó su metralleta.

—Sombreros y máscaras —dijo Ryder.

El verse de nuevo sus caras les pareció algo chocante, y Ryder pensó: «Parecen menos reales que las máscaras.» Quedó sorprendido al oír que Welcome se hacía eco de sus propios sentimientos.

—Os diré algo —dijo Welcome—: todos teníais mejor aspecto con la máscara.

—Disfraz —dijo Ryder.

Él se había quitado los postizos de la boca antes de ponerse la máscara, y lo propio había hecho Longman con las gafas. Sólo Steever tenía que quitarse la peluca blanca, y Welcome, el bigote y las acicaladas patillas.

—Los abrigos —dijo Ryder—. Quitáoslos, volvedlos del revés y ponéoslos de nuevo.

Todos los abrigos estaban forrados de un material reversible. El de Welcome era de tela de gabardina color castaño claro. El de Steever, gris y con cuello negro, de piel; el de Longman, de tweed formando espiga, y el suyo propio, de tweed «Donegal». Observó atentamente cómo volvían los impermeables al revés y se los abrochaban sobre los abultados chalecos del dinero.

—Sombreros.