Pelham 123
Ryder
A través de la ventanilla delantera, el túnel aparecía más iluminado que antes, pero seguía siendo un lugar tenebroso, con luces ocasionales y una interminable serie de pilastras que parecían formar un bosque de árboles desnudos y regularmente espaciados.
Ryder
Ryder abrió la puerta de la cabina, hizo una seña, y Longman se reunió con él. Después se echó atrás, y Longman se colocó frente al tablero de mandos.
—Adelante —dijo Ryder.
Longman puso el motor en marcha. El vagón empezó a moverse.
—Es terrible —dijo Longman, nerviosamente, pero sin volverse, fijos los ojos en la vía y en las señales verdes que se sucedían hasta donde alcanzaba la vista—. Saber que hay guindillas ocultos en todas partes.
—No debes preocuparte —dijo Ryder—. No harán nada.
Quería decir, naturalmente, que no había nada que temer mientras el otro bando tuviese que aceptar las condiciones de la extraña guerra cuyas normas había dictado él mismo. Pero Longman pareció tranquilizarse. Sus manos se movían serenamente sobre el tablero. Estaba en su elemento, pensó Ryder; aquélla era su fuerza. Todo lo demás era flaqueza.
—¿Sabes exactamente dónde hemos de parar?
—Exactamente —dijo Longman—. En el infierno.
La Torre de Grand Central
Cuando las lucecitas rojas que indicaban la posición del Pelham Uno Dos Tres empezaron a parpadear en el tablero de la sala de la Torre de Grand Central, Marino lanzó una ronca exclamación ante el micrófono.
—¿Qué sucede ahí? —preguntó el operador de la Policía, en contacto con Marino.
—¡Se mueve!
Marino agitó la mano en dirección a Mrs. Jenkins, pero ésta estaba hablando ya per su línea con la Jefatura de Tráfico. Su voz era pausada y cuidadosamente modulada.