Pelham 123
Capítulo XXIII
Clive Prescott
Prescott salió a las seis y media. Había oscurecido, y en la ciudad flotaba aquel aire húmedo que a veces, cuando hace frío, es como un negro manto que cubre su fealdad. Se había rociado la cabeza con agua, frotándose la cara con una toalla hasta que le escoció la piel, pero no había sentido alivio a su agotamiento. Contempló los grandes y nobles edificios que el distrito había heredado del pasado, desiertos, resplandeciendo débilmente a la luz de las farolas. Los abogados, los legisladores y los políticos habían volado. Sólo había unos cuantos transeúntes en las calles, y éstos tampoco tardarían en desaparecer, dejando sólo borrachos, ladronzuelos, vagabundos, presas y cazadores.
En Fulton Street, las tiendas habían cerrado o se estaban cerrando, y pronto toda la zona comercial —heredada por los desheredados, por la gente de su propia raza y por los advenedizos puertorriqueños, de aquellos que preferían perderla a compartirla con ellos— quedaría también desierta. Los almacenes estaban bien protegidos, con sus vigilantes ojo avizor y conectados sus aparatos de alarma contra los intrusos. Una vendedora de periódicos cerraba su quiosco; una mujer curtida por la intemperie, de una edad y una perduración fantásticas. Él desvió la mirada de los grandes titulares de los periódicos.
Un muchacho negro, con sombrero de vaquero y chaqueta roja de cuero, plantó algo ante sus narices.
—El periódico de los Panteras, hermano.
Él meneó la cabeza y siguió andando. El muchacho lo siguió, pisándole los talones. Durante el día, las calles estaban llenas de jóvenes negros que vendían el periódico de los Panteras. Muy pocas veces había visto alguien que lo comprase. Probablemente se lo vendían los unos a los otros. «No —se dijo vivamente—, no te burles. ¿Tienes algo mejor en que creer?»
—Vamos, hombre, entérese de lo que pasa. ¿Quiere seguir siendo peón de Charley?
Apartó bruscamente el periódico. El chico lo miró, echando chispas por los ojos. Prescott siguió andando; después, se detuvo.
—Dame uno.
—En seguida.
Se metió el periódico bajo el brazo. Al otro lado de la calle, una tienda de discos, con la puerta cerrada y las luces apagadas, hacía sonar una estridente música rock por un altavoz. ¿Se habría olvidado el dueño de cerrar el aparato? ¿Continuaría toda la noche el martilleo de los contrabajos y el gorgoteo de las voces, hasta contaminar el silencio del amanecer?