Pelham 123
Capítulo I
Steever
Steever se hallaba plantado en el andén dirección Sur de la estación de la Calle Cincuenta y Nueve de la Línea Lexington Avenue, mascando un chicle con lentos movimientos de sus fuertes mandíbulas, como un delicado perro de caza, adiestrado en sujetar firmemente la presa, pero sin estropearla.
Su actitud era tranquila y, al mismo tiempo, gallarda, como si un bajo centro de gravedad, combinado con una certidumbre interior, le hubiese inmovilizado. Llevaba un impermeable azul marino, pulcramente abrochado, y un sombrero gris oscuro inclinado hacia delante, no ladeado, sino horizontal, doblada el ala en ángulo agudo sobre la frente y proyectando una sombra romboidal sobre sus ojos. Sus patillas y el cabello del cogote eran blancos, contrastando con su tez morena, hecho inesperado en un hombre que parecía tener poco más de treinta años.
La caja de flores era desmesurada, lo cual indicaba la existencia de un pródigo e incluso exagerado montón de capullos en su interior; algo propio de un solemne aniversario o del deseo de reparar un terrible pecado de traición. Si alguno de los que esperaban en el andén sintió ganas de sonreír ante aquella caja de flores —que parecía absurda, en poder de aquel hombre que la sostenía descuidadamente bajo el brazo, inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados en dirección al triste techo de la estación—, se guardó muy bien de hacerlo. Aquel hombre no inducía a la sonrisa.
Steever no se movió ni dio muestras de advertir las lejanas vibraciones del tren, cuyo ruido aumentó gradualmente a medida que se acercaba el convoy. Con sus cuatro ojos —luces de posición ámbar y blancas, sobre los focos blancos—, el Pelham Uno Dos Tres entró, retumbando, en la estación. Chirriaron los frenos; el tren se detuvo; las puertas se abrieron con un chasquido. Steever se había situado de manera que quedó delante de la puerta central del quinto vagón del convoy, compuesto por diez unidades. Entró en el coche, giró a la izquierda y se encaminó a un doble asiento aislado, situado al lado de la cabina del conductor. Estaba libre. Se sentó, sujetando la caja de flores entre las rodillas, y miró distraídamente la espalda del conductor, que se había asomado a su ventanilla para observar el andén.
Steever cruzó las manos sobre la tapa de la caja de flores. Unas manos muy anchas, de cortos y gruesos dedos. Se cerraron las puertas, y el tren arrancó con una sacudida, por lo cual, los pasajeros se inclinaron primero hacia atrás y luego hacia delante. Sin el menor esfuerzo aparente, Steever apenas se movió.