Pelham 123

John Godey · Capítulo 68 de 120

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Pelham 123

Ryder

Artis se volvió con mucho cuidado, apoyando la espalda en la pilastra. Conectó su radio y, sosteniendo el transmisor tan cerca de la boca que sus labios tocaban el metal, llamó a la jefatura. Hubo de hacerlo tres veces, para que le contestasen.

—Casi no le oigo. Hable más alto, por favor.

Artis dijo, en un murmullo:

—No puedo hablar más fuerte. Estoy demasiado cerca y podrían oírme.

—¡Hable más alto!

—Si lo hago, me oirán. —Artis habló silabeando y con suma claridad—: Soy el agente Artis James. En el túnel. Cerca del vagón secuestrado.

—Está bien; ahora oigo un poco mejor. Continúe.

—Acaban de matar al conductor. Lo han hecho bajar a la vía y le han disparado.

—¡Jesús! ¿Cuándo ha ocurrido?

—Tal vez un minuto o dos después del primer disparo.

—¿Qué disparo? Nadie debía... ¿Ha disparado alguien?

Artis comprendió de pronto y se quedó pasmado. «¡Dios mío! —pensó—, no tenía que haber disparado. ¡Oh, Dios! Si esto ha tenido algo que ver con la muerte del conductor...»

—Hable, James —dijo la voz de la radio, con impaciencia—. Alguien ha disparado contra el tren.

—Ya se lo he dicho —respondió Artis James, mientras pensaba: «Lo he hecho yo, ¡Dios mío!»—. Han disparado contra el tren.

—¡Por el amor de Dios!, ¿quién?

—No lo sé. El tiro sonó en algún lugar, detrás de mí. Tal vez hizo blanco. No lo sé de cierto. Sonó en el túnel, a mi espalda.

—¡Dios santo! ¡El conductor! ¿Está muerto?

—No se mueve. No sé si está muerto, pero no se mueve. ¿Qué he de hacer?

—Nada. ¡Por el amor de Dios, no haga nada!

—Bien —dijo Artis—. Seguiré sin hacer nada.

 

Ryder

Cuando Ryder sacó el botiquín de su maleta, en la cabina del conductor, Steever casi había terminado de despojarse de sus ropas. Su impermeable y su chaqueta estaban cuidadosamente plegados sobre el asiento, y, cuando Ryder le hubo quitado el chaleco del dinero, se quitó la camisa y deslizó la ensangrentada manga sobre el robusto brazo. Ryder miró a través de la destrozada ventanilla de la puerta. El conductor yacía boca arriba, algo más cerca del vagón que el jefe de servicios. Unas manchas oscuras señalaban, en su uniforme, los impactos de las balas disparadas por Steever.

Ryder se sentó al lado de Steever, desnudo en aquel momento de cintura para arriba, mostrando remolinos de tupido vello en su torso macizo y moreno. Ryder examinó la herida hecha por la entrada de la bala, un limpio orificio redondo del que rezumaba sangre. El lado posterior del brazo, por donde había salido la bala, estaba algo tumefacto. La sangre habíabajado por el brazo de Steever en una serie de hilitos que se perdían en el espeso vello del antebrazo.

—Parece una herida limpia —dijo Ryder—. ¿Duele?

Steever se acarició el mentón y contempló la herida.

—No. Soy poco sensible al dolor.

Ryder hurgó en la caja metálica del botiquín, buscando la solución antiséptica.

—Te pondré esto y después te vendaré el brazo. De momento, es lo único que podemos hacer.

Steever se encogió de hombros.

—No me preocupa.

Ryder mojó unas gasas, las aplicó a la herida y lavó la sangre. Mojó otras dos gasas y cubrió con ellas los orificios de entrada y salida. Steever mantuvo los apósitos en su sitio, mientras el otro vendaba su brazo con habilidad de profesional. Cuando hubo terminado, Steever empezó a vestirse.

—Tal vez te moleste dentro de un rato —dijo Ryder.

—No es problema —dijo Steever—. Apenas lo siento.

Cuando Steever hubo acabado de vestirse, Ryder recogió el botiquín y salió. Observó la «maniobra» entre Welcome y la chica del sombrero anzac, y apretó las mandíbulas bajo la máscara. Pero no se detuvo. En la parte anterior del vagón, Longman salió a su encuentro.

—¿El conductor? —preguntó.

—Ha muerto.

Entró en la cabina y cerró la puerta. Una voz gritaba frenéticamente en la radio. Ryder pisó el pedal, para activar el transmisor.

—Pelham Uno Dos Tres al Centro de Control. Hable.

—Soy Prescott, ¡maldito bastardo! ¿Por qué mataron al conductor?

—Ustedes dispararon contra uno de mis hombres. Les advertí cuál sería la pena.

—Alguien desobedeció las órdenes y disparó. Fue un error. Si hubiese hablado primero conmigo, no habría tenido que matarlo.

—¿Dónde está el dinero? —preguntó Ryder.

—En la vía, a un centenar de metros del vagón, ¡cerdo del demonio!

—Tienen tres minutos para entregarlo. Aténganse al procedimiento convenido. ¿Entendido?