Pelham 123
El comisario del distrito
Hablaba a gritos, para hacerse oír en medio del estruendo de las sirenas y los rugidos de los motores.
—¡No lo conseguiremos! —gritó Ricci, a su vez.
—Ni voy a intentarlo siquiera. En la próxima esquina, cuando hayan pasado las motos, giraré a la izquierda y seguiré corriendo, y tú y yo ganaremos un millón de dólares.
Ricci le lanzó una mirada en la que se combinaban la incertidumbre, el miedo y —Wentworth estaba, seguro de ello— la codicia.
—Considéralo un regalo —dijo Wentworth—. Te corresponde medio millón. ¿Sabes las toneladas de pasta que podrás comprar con él? Podrás alimentar a tu maldita familia italiana por el resto de su miserable vida.
—Escucha —dijo Ricci—, mi sentido del humor es tan bueno como el tuyo, pero no me gustan las bromas raciales.
Wentworth hizo un guiño, al pasar como un relámpago frente a otra esquina y otro guardia. La amplia avenida que se abría delante de él era Houston Street.
El comisario del distrito
A las 3:09, la furgoneta que transportaba el dinero del rescate informó de un accidente al cruzar Houston Street. Para no atropellar a un peatón que cruzaba desafiadoramente la calle —tal vez porque consideraba que las aulladoras sirenas infringían sus derechos constitucionales de neoyorquino—, los dos motoristas que abrían la marcha se habían desviado bruscamente y chocado entre sí de lado. Ambos habían caído de sus máquinas. Antes de que acabasen de rodar por el suelo, Ricci llamó por radio. La Central le dijo que hablase con el comisario del distrito. ¿Instrucciones? El comisario del distrito ordenó que se quedasen dos motoristas para ayudar a los agentes lesionados. Todos los demás debían seguir adelante. ¡Seguir adelante! Tiempo perdido: noventa segundos.
El grupo que rodeaba el puesto de mando en la zona de aparcamiento meneó la cabeza, desesperado. El capitán Midnight golpeaba con el puño el guardabarros de su coche. Estaba llorando.
Un griterío de la multitud, a media manzana de distancia, llamó la atención del comisario del distrito. Los cascos de los guardias de tráfico empezaron a moverse frenéticamente, y el comisario advirtió que los agentes luchaban por contener súbitas oleadas de la muchedumbre. Poniéndose de puntillas, pudo ver al alcalde, descubierto y envuelto en una manta. Sonreía y saludaba con la cabeza, entre los abucheos de la multitud. El jefe de Policía estaba junto a él, y ambos se acercaban al puesto de mando, con la ayuda de media docena de agentes de Tráfico.
El comisario del distrito miró su reloj: las 3:10. Volvió a mirarlo casi inmediatamente. Todavía marcaba las 3:10, pero el segundero corría a gran velocidad. Miró hacia el Sur, hacia la avenida, y consultó de nuevo su reloj.
—No podrán conseguirlo —murmuró.
Una mano le tocó la espalda. Era Murray Lasalle. A su lado, el alcalde sonreía, pero estaba pálido y macilento, y tenía los ojos lacrimosos y medio cerrados. Se apoyaba fatigosamente en el jefe de Policía.
Lasalle dijo:
—El alcalde va a bajar al túnel, con un altavoz, para dirigir un llamamiento personal a los secuestradores.
El comisario del distrito meneó la cabeza.
—No puede hacerlo.
—No le he pedido permiso —dijo Lasalle—. Lo único que queremos es que tome las medidas necesarias.
El comisario del distrito miró al jefe de Policía, cuyo semblante permaneció absolutamente inexpresivo. Interpretó esta actitud como un deseo de lavarse las manos en el asunto, por lo cual sintióse complacido.
—Señor —dijo, dirigiéndose al alcalde—, aprecio su preocupación por este suceso. —Hizo una pausa, sorprendido por la diplomacia de sus propias palabras, y prosiguió—: Pero no puedo permitirlo. No sólo por su propia seguridad, sino también por la de los rehenes.
Vio que el jefe de Policía movía la cabeza, en una mínima señal de aprobación.
También el alcalde asentía con la cabeza, aunque no habría podido decir si con ello daba su conformidad o lo hacía por puro cansancio físico.
Lasalle le echó una breve mirada y se volvió al jefe de Policía:
—Señor, ordene a ese hombre que cumpla la orden.
—No —terció el alcalde, con voz firme—. El comisario tiene razón. Esto no haría más que empeorar las cosas, aparte que podrían pegarme un tiro.
Lasalle dijo, en tono amenazador:
—Le advierto, Sam, que...
—Me vuelvo a casa, Murray —dijo el alcalde, y, metiendo la mano en un bolsillo, sacó un gorro de punto de color escarlata y se lo caló hasta las orejas.
—¡Jesús! —exclamó Lasalle—. ¿Está borracho? —El alcalde se echó a andar. Lasalle salió corriendo detrás de él—. ¡Sam, por el amor de Dios!, ¿cuándo se ha visto a un político con un gorro de dormir delante de cien mil personas?
El jefe de Policía dijo:
—Adelante, Charlie. Voy a despedirlos y volveré en seguida. Usted es quien manda aquí.
El comisario del distrito asintió con la cabeza, recordando que había sido el alcalde, y no el jefe de Policía, quien había parado los pies a Lasalle. Tal vez habría hablado, si no se le hubiese anticipado el alcalde; pero, de todos modos, le habría gustado más que hubiese actuado con mayor rapidez.
Una sirena ululó en la avenida. El comisario del distrito se volvió en redondo, pero la sirena calló de pronto.
Alguien dijo:
—Una alarma contra los ladrones, en un coche aparcado.
El comisario del distrito miró su reloj: las 3:12.
—Ese teniente de Tráfico dio en el clavo —dijo. Y, volviéndose al hombre del walkie-talkie —: Comunique con el subinspector jefe. Dígale que informe a los secuestradores de que el dinero acaba de llegar.