Pelham 123
Ryder
Rascando con el cañón de su arma, Longman eliminó todos los pedacitos de cristal.
Ryder
Partiendo de la parte posterior del vagón, Ryder caminó un centenar de metros hacia el Norte. Se detuvo y se arrodilló junto al raíl interior de la vía de los trenes directos. Sacó una de las granadas del bolsillo, le quitó el esparadrapo y partió éste en dos trozos desiguales, de quince y veinticinco centímetros. Hizo una pausa y miró fijamente a lo largo del túnel. A lo lejos, vio la abultada y negra sombra de un vagón. Asintió con la cabeza, como confirmando el acierto de su presunción y, después, dejó de pensar en ello.
Sosteniendo la granada en la palma de la mano izquierda, cubrió la palanca de un extremo a otro, haciendo que un trozo de esparadrapo sobresaliese de cada uno de ellos. Bajando la cabeza casi al nivel de la vía, colocó la granada debajo del reborde del raíl y, con mucho cuidado, pegó los extremos sueltos de la cinta adhesiva, de modo que sostuviesen la granada junto al carril. Rasgó la cinta más corta por la mitad y aplicó los trozos sobre las puntas de la otra, para impedir que ésta se despegase accidentalmente. Cuando se hubo convencido de que la granada estaba bien sujeta, alargó la mano y le quitó el seguro. Luego pasó al raíl exterior y repitió la operación con la segunda granada.
Se levantó y, sin mirar atrás, se echó a correr en dirección al Pelham Uno Dos Tres. Quitado el seguro, las granadas estaban a punto de estallar. Cuando las golpeasen las ruedas de un vagón, se desprenderían y, automáticamente, saltarían las palancas. La explosión se produciría a los cinco segundos.
Steever montaba la guardia en la puerta posterior. Ryder le hizo una señal con la cabeza y, pasando junto al sucio lado del vagón, se dirigió a la parte delantera. Longman le miró a través de la ventanilla sin cristal. El tubo central salía por ella. Alargó la mano, y Longman le pasó el tercer trozo de tubo. Lo encajó fuertemente en el segundo, con la punta angulada en dirección a la pared del túnel.
Cuando empujasen los tubos hacia dentro, haría girar el regulador en el sentido de las agujas del reloj hasta alcanzar la posición normal y, entonces, el peso del acero impediría que siguiese avanzando. Después, un fuerte tirón hacia atrás haría que se desprendiesen las dos piezas largas del tubo, dejando sólo la pequeña, que sería invisible desde el exterior del vagón.
Por lo demás, Ryder confiaba en que la «ilusión», la fuerza de la presunción, triunfaría sobre la realidad. Por lo general, la gente no ve el cristal, y si no había trozos que reflejasen la luz, presumirían su existencia. La Policía sabía que un tren no podía funcionar sin maquinista (cuanto más expertos fuesen, más aceptarían este hecho) y, por ello, presumirían que iba un conductor en la oscura cabina. Reconocía que algún observador, rompiendo la barrera psicológica, podía adivinar la verdad; pero, aun en este caso, tendría que luchar con el escepticismo oficial durante el tiempo necesario para que ellos pudiesen escapar.