Pelham 123
Anita Lemoyne
Al pasar él, uno de los chicos se puso a su lado.
—Hombre, ¿no podría usted desprenderse de unas perras en beneficio de un pobre estudiante?
Longman ignoró la mano tendida del joven. Éste murmuró algo y se echó atrás. Longman siguió andando. Allá al frente estaban la verja de hierro y los desnudos árboles de Gramercy Park.
Pensó en Ryder y recordó los disparos que había oído mientras subía la escalera de la salida de emergencia. Ryder está bien, se dijo, y, con una extraña aprensión de seguir pensando en el asunto, lo alejó de su mente. Torció hacia el Este y enfiló la Calle Dieciocho.
Cruzó la Tercera Avenida; después, la Segunda, con los macizos edificios rosados de Stuyvesant Town dominando el escenario. Por fin, se halló en su propia casa, un bloque de piedra grisácea, de fachada descolorida y maltrecha entrada, con personas y perros asomados a las ventanas, todos igualmente aburridos y curiosos. Cruzó el portal, subió la escalera y llegó al segundo piso. Buscó las llaves en su bolsillo, abrió las tres cerraduras, empezando por la de abajo, entró y volvió a cerrar la puerta, empezando por arriba.
Recorrió el estrecho pasillo hasta la cocina y abrió el grifo del agua. Mientras esperaba que el agua se enfriase, sosteniendo un vaso en la mano, lanzó de pronto un grito salvaje de triunfo.
Anita Lemoyne
Unos cinco minutos después de detenerse el vagón, Anita Lemoyne vio que dos hombres subían y entraban por la puerta delantera. El primero, que llevaba galones de conductor, abrió la puerta de la cabina con una llave y entró en ella. El segundo era un policía.
El policía levantó las manos para contener a los pasajeros que se agolpaban a su alrededor, y repitió:
—No sé nada. Los sacaremos del tren dentro de unos minutos. No sé nada...
El vagón arrancó y, a los pocos momentos, entró en la zona iluminada de la estación de Bowling Green y se detuvo. Anita miró por la ventanilla.
Había una hilera de policías en el andén, cogidos de los brazos, conteniendo a la apretujada muchedumbre. Un hombre con uniforme de jefe de tren se inclinó al lado del vagón con una especie de llave en la mano. Las puertas se abrieron con un chasquido. Los policías del andén no pudieron hacer nada. Fueron apartados, empujados, aplastados por una muchedumbre irresistible de pasajeros, que tomaron el tren por asalto.