Pelham 123

John Godey · Capítulo 65 de 120

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Pelham 123

Tom Berry

Detrás del saco del dinero, su mejilla permanecía apretada contra el sucio suelo.

—¡Que me aspen si lo sé! —exclamó el agente de Tráfico—. Al tío que ha disparado el primer tiro le van a poner el culo como un tomate. Apuesto lo que quieras.

—Bueno, ¿qué hacemos? —preguntó Miskowsky.

—Yo no soy más que un agente. Tú eres el sargento. ¿Qué hacemos?

—No soy tu sargento. Además, ¿qué es un sargento entre tantos jefazos? Necesito órdenes para moverme.

El agente de Tráfico se apoyó en los codos y miró por encima del borde del saco de lona.

—Hay alguien en la puerta. ¿Lo ves? Son dos hombres. No; tres.

El sargento miró por el lado del saco.

—Acaban de abrir la puerta posterior y están hablando o haciendo algo. —Se puso rígido—. ¡Mira! Uno de ellos acaba de saltar a la vía.

Miskowsky vio que la borrosa figura se erguía, miraba atrás hacia el vagón, se volvía de nuevo y empezaba a andar despacio, como deslizándose.

—Viene hacia acá —dijo Miskowsky, en un ronco susurro—. Será mejor que prepares tu arma. Viene directamente hacia nosotros.

Miskowsky, centrada su atención en el caminante, no llegó a ver la silueta que se erguía en la puerta abierta. Unos fogonazos, estruendos de disparos, y el hombre que andaba dio un salto y cayó de bruces. El eco rebotó en el túnel.

—¡Dios mío! —exclamó Miskowsky—. ¡Es la guerra!

 

Tom Berry

Cuando el conductor se echó a andar hacia la parte posterior del coche, Tom Berry cerró los ojos y paró un taxi —¿qué otra cosa podía parar? ¿Un vagón del Metro?— y dio la dirección del pisito de Deedee en la parte baja de la ciudad.

—No podía hacer nada, absolutamente nada —dijo, al abrirle ella la puerta.

Deedee le hizo entrar y le echó los brazos al cuello, en un arranque de pasión y de alivio.

—Sólo pude pensar una cosa: «Me alegro de que sea el conductor y no yo.»

Ella le besó ávidamente la cara, pasando los labios por sus ojos, sus mejillas, su nariz... Luego se metieron en la cama.

Más tarde, él trató de explicarse una vez más:

—Rompí las cadenas de la esclavitud y salvé mi vida para la revolución.

De pronto, la piel de ella se enfrió de un modo perceptible.

—¿Permaneciste allí sentado, con un revólver cargado al cinto, y sin hacer nada? ¡Traidor! Habías jurado defender los derechos del pueblo, y lo traicionaste.