Pelham 123

John Godey · Capítulo 115 de 120

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Pelham 123

Anita Lemoyne

Oyó que el jefe de detectives confesaba, al ser interrogado sobre ello, que las descripciones del hombre desaparecido eran muy vagas; que había demasiadas versiones contradictorias para poder hacer un retrato robot, y que varios pasajeros estaban examinando las fotografías de los archivos de la Policía. Longman casi sonrió. Él no tenía antecedentes; no encontrarían ninguna fotografía suya.

Fueron entrevistados diversos pasajeros: la chica del sombrero anzac, algo menos fotogénica de lo que él se había imaginado; aquel tipo alto, crítico teatral, que empleó muchas palabras altisonantes para decir muy poco; los dos chicos negros; el otro negro, se negó a responder a las preguntas por no guardar relación con el problema racial, pero que cerró y levantó los puños y gritó algo que no llegó a oírse. De pronto, los pasajeros hicieron que Longman se sintiese incómodo. Colocados de cara a las cámaras, en un apretado primer plano, dieron la impresión de que lo estaban mirando fijamente. Longman apagó la tele.

Entró en la cocina e hirvió el agua para el té. Sentado a la mesa, cubierta de linóleo, de la cocina, sin quitarse el abrigo, se comió unas pastas mojadas en el té. Fumó un cigarrillo —le sorprendió no haberlo necesitado antes, a pesar de que era un fumador empedernido— y, después, entró en su dormitorio. Conectó la radio, pero la apagó antes de que se hubiese calentado. Se tumbó en la cama y sintió un vago dolor en el pecho. Necesitó un buen rato para darse cuenta de que no era un ataque cardíaco, sino el peso y la presión de los chalecos del dinero. Saltó de la cama y se dirigió a la puerta de la entrada. Comprobó las tres cerraduras y volvió al dormitorio. Después de bajar al máximo las persianas, se quitó el abrigo y la chaqueta y, por fin, los chalecos del dinero. Los colocó cuidadosamente sobre la cama, en perfecto orden.

«Walter Longman —se dijo—, vales medio millón de dólares.» Lo repitió en un murmullo audible, y otro grito espontáneo le subió a la garganta. Se tapó la boca con las manos, para ahogarlo.

 

Anita Lemoyne

Anita Lemoyne había pasado muchos días malos en su vida, pero éste fue el peor de todos. Como si el secuestro fuera poco, tuvo que sufrir dos horas largas de tedio contemplando fotografías de delincuentes; un interminable desfile de rostros crueles o viles, que le recordaban a todos los truhanes que había conocido y que se imaginaban que unos cuantos puercos dólares les daban derecho a sentirse amados o a hacerla padecer.

Eran más de las ocho cuando, al fin, los policías los dejaron marchar. Salieron tambaleándose del viejo edificio de la Jefatura y se quedaron pasmados en la acera. A un par de manzanas, hacia el Sur, un tráfico intenso fluía por Canal Street; pero Centre Street estaba helada, oscura, casi desierta. Permanecieron callados, formando un grupo heterogéneo. Después, la vieja borracha se arrebujó en sus harapos y se perdió, con pasos vacilantes, en la oscuridad. Un momento más tarde, el belicoso negro se sujetó la capa sobre los hombros y se echó a andar, de prisa y muy erguido, en dirección a Canal. Ése y la vieja borracha —pensó Anita— eran los únicos que no se sentirían afectados por lo ocurrido; era algo que —como el título del libro que siempre mencionaba el tipo de la TV— nada tenía que ver con el curso principal de sus pensamientos.

Pero, ¿cuáles eran sus principales pensamientos? Eran éstos: Anita, lárgate de este maldito lugar, busca un taxi que te lleve a casa. Un baño caliente y bien cargado con aquellas sales de París, y, después, quizá se decidiría a llamar por teléfono.

—Ni siquiera sé dónde estamos —dijo la llorosa voz de la madre de los dos chicos, que bostezaban a su lado—. ¿Podría decirme alguien cómo podemos ir a Brooklyn desde aquí?

—Desde luego —dijo el viejo—. Tome el Metro. Es el medio más rápido y seguro.

Rió entre dientes; pero, aparte unas pocas y forzadas sonrisas, nadie celebró su chiste.

Siguieron inmóviles, hasta que, de pronto, los dos chicos negros, cargados aún con sus paquetes, murmuraron algo y se alejaron.

El viejo les gritó:

—Adiós, muchachos, y suerte.

Los chicos se volvieron, saludaron con la mano y siguieron su camino.

—Una experiencia extraordinaria, y es poco decir.

Era el crítico teatral. Ella ni siquiera lo miró. Ahora la invitaría a tomar un taxi y, después, le pediría que subiese a su casa a beber unas copas. Nada que hacer. Se apartó de él, y, al cambiar de posición, sintió el soplo del viento. Una ráfaga fría azotó su falda y pasó entre sus piernas. Se volvió de espaldas. «Si me enfrío, tendré que cerrar la tienda.»

—Tengo una idea —dijo el viejo. Su rostro había perdido el color, y su sombrero borsalino aparecía un tanto maltrecho—. Después de todo lo que hemos pasado juntos, no me parece bien que nos despidamos y...

«¡Pobre viejo solitario! —pensó Anita—. Tiene miedo de morir sin un grupo de amigos junto a la cabecera de su cama.» Miró las caras que la rodeaban y pensó: «Mañana no recordaré ninguna de ellas.»

—...podríamos reunirnos, una vez al año, o incluso cada seis meses.

Anita se echó a andar en dirección a Canal Street. Al llegar a la esquina, la alcanzó el crítico teatral. Le acercó el rostro rubicundo, sonriendo.