Pelham 123
Capítulo XIV
Ryder
Ryder encendió la luz de la cabina y miró su reloj: las 3:12. Dentro de sesenta segundos, mataría a uno de los rehenes.
Tom Berry
Tom Berry sintió que una erupción incontenible de ira surgía de algún volcán
profundamente oculto en su interior. Reconoció en ella un impulso macho[7] una virilidad atávica, la furia primitiva despertada por la humillación y el correspondiente afán de devolver golpe por golpe, de demostrar su masculinidad.
En un momento de locura, tensó los músculos para saltar lanzando un alarido. Pero no lo hizo. Lo contuvo el atavismo, y se rindió. Temblando, se pasó nerviosamente los dedos por la larga cabellera rubia. El instinto se había pronunciado contra sl suicidio. Nada podía hacer él solo.
«Pero —pensó astutamente— la unión hacía la fuerza.» Los otros pasajeros. Rápidamente, trazó un plan de acción concertada y lo transmitió por telepatía. Advirtió a los otros que esperasen su señal. Todos mantuvieron el rostro inexpresivo, pero le respondieron con ondas mentales. ¿Listos?
Bajó la mano con rápido movimiento y empezó la acción. Ante todo, la maniobra diversiva: la dama borracha cayó de su asiento al pasillo y el viejo fingió un ataque cardíaco. La madre y los dos chicos corrieron en ayuda de la borrachina, la cual sacó una navaja de entre sus numerosas enaguas y la pasó a la madre. La robusta señora negra se levantó y asió las muñecas del viejo, bloqueando con su mole la línea de visión entre los secuestradores de la parte delantera y del centro del vagón. La ramera avanzó, contoneándose hacia el chulo.
En el preciso instante en que lo desarmaba con una brutal llave de judo, la fuerza de choque, al mando del belicoso negro, entró en acción. Separándose en dos grupos, un pelotón de a tres derribó al secuestrador de la parte anterior del vagón y dejó el campo libre al crítico teatral, el cual cayó sobre él y le quitó el resuello. El grueso de la fuerza avanzó por el pasillo contra el robusto secuestrador de la parte posterior del coche. El dedo de éste se cerró se cerró sobre el gatillo de su metralleta, pero antes de que pudiese disparar, la madre de los chicos lanzó la navaja que pasó silbando a lo largo del vagón. Con asombrosa puntería, la hoja acerada clavó la mano del hombrón en la culata de la metralleta. Un momento después, el bandido desapareció bajo media docena dle cuerpos iracundos.