Pelham 123

John Godey · Capítulo 114 de 120

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Pelham 123

Longman

El detective Haskins tomó nota, para llamar al doctor Schwartz por la mañana, bostezó, consultó su reloj —las ocho y cuarto— y estudió su lista. Se hallaba en un lugar equidistante de Paul Fitzherbert, que vivía en la Calle Dieciséis, al oeste de la Quinta Avenida, y de Walter Longman, de la Calle Dieciocho, al este de la Segunda. ¿Cuál de los dos? Lo mismo daba. Cualquiera que eligiese, tendría que recorrer después la misma distancia. Así, pues, ¿cuál? Las decisiones de los detectives eran siempre difíciles. Demasiado para ser resueltas sin tomar antes una taza de café; pero, afortunadamente, había un bar en la esquina. Entraría en él, tomaría un café, tal vez se comería un pedazo de tarta de manzana y, después, tomaría la gran decisión, como correspondía a un buen detective.

 

Longman

Longman no acababa de decidirse a conectar la radio. Estaba harto de ver, en el cine, a delincuentes que se delataban comprando los periódicos o recortando noticias de los mismos. Desde luego, era una tontería, pues nadie oiría su radio si la ponía bajito; pero a pesar de todo, y por irracional que fuese, se resistía a hacerlo. Por consiguiente, anduvo por su piso sin hacer nada, con el abrigo aún puesto y volviendo la cabeza cada vez que pasaba por delante de la radio, colocada al lado de su cama. Si Ryder había muerto, ¿qué prisa tenía en averiguarlo?

Pero a las seis, sin pensarlo conscientemente, puso la Televisión cuando iban a dar un programa de noticias. El secuestro era el suceso del día, y la información sobre el mismo fue completa. Incluso habían introducido cámaras en el túnel, y transmitían imágenes del tren directo descarrilado y primeros planos de los raíles retorcidos y de las estropeadas paredes del túnel. Después mostraban «el sector del túnel donde se había producido el tiroteo». Cuando la cámara giró hacia el lugar donde había caído Steever, Longman se estremeció, pues no quería ver cadáveres ni manchas de sangre. Había algo oscuro, que podía ser manchas de sangre, pero no se veía ningún cuerpo. Sin embargo, más tarde, las cámaras estaban preparadas cuando la Policía sacó tres camillas en las que iban otros tantos cadáveres cubiertos con sendas piezas de lona. No sintió el menor dolor; ni siquiera por Ryder.

Siguieron luego las entrevistas con personajes de la Policía, incluido el jefe superior. Ninguno de ellos dijo gran cosa, pero todos calificaron el suceso de crimen «odioso». Al ser interrogado por los reporteros sobre el cuarto secuestrador — Longman sintió una oleada de calor en todo su cuerpo—, el jefe de Policía dijo que sólo sabían que había huido por la salida de emergencia. Mientras hablaba, la pantalla mostró la salida, vista desde la calle y desde el pie de la escalera. El jefe de Policía añadió que el Departamente no había identificado aún a ninguno de los tres secuestradores, dos de los cuales habían muerto instantáneamente. El tercero, herido en la espina dorsal, había fallecido a los pocos minutos de ser encontrado por la Policía. Lo habían interrogado, pero no había podido contestar, pues el centro de la palabra, amén de otros, estaba visiblemente paralizado.

¿Qué pistas tenía la Policía para encontrar al secuestrador desaparecido? El jefe de detectives tomó la palabra y dijo que gran número de sus agentes estaban encargados del caso y no pararían hasta que el criminal fuese aprehendido. El reportero de la TV insistió: ¿Quería esto decir que no había pistas sólidas? El interrogado respondió, vivamente, que su Brigada seguía los procedimientos policíacos normales y que confiaba en poder dar noticias más concretas dentro de poco. Longman sintió de nuevo aquella oleada de calor, pero se tranquilizó un poco cuando las cámaras mostraron al reportero con las cejas arqueadas en un gesto irónico.

Nada se dijo sobre comprobación de fichas de ex empleados del Metro. Recordó que, en cierta ocasión, Ryder había hablado de este asunto.

Por aquel entonces, más que agradecerla, le había alarmado la previsión de Ryder.

—No veo por qué han de encontrarme —le había dicho a Ryder—. Puedo permanecer en tu casa.

—Quiero que estés en la tuya. Cualquier cosa que se saliese de lo corriente les haría sospechar.

—Tendré que inventar una coartada.

Ryder meneó la cabeza.

—Investigarán más a fondo los detalles de aquellos que presenten coartadas que los de quienes no la tengan. La mayoría de las personas a quienes interroguen no tendrán coartada; por consiguiente, te perderás entre ellas. Tienes que decir, simplemente, que pasaste una parte de la tarde dando un paseo y otra parte leyendo un libro o echando una siesta; y no precises demasiado las horas.

—Pensaré un poco sobre lo que tengo que decir.

—No. No quiero que lo ensayes; ni siquiera has de pensar en ello.

—Podría decir que me enteré por la radio y que estoy horrorizado...

—No. No es necesario alardear de espíritu justiciero. De todos modos, tus opiniones les tendrían sin cuidado. Investigarán a centenares de personas por mera rutina. Piensa sólo que serás uno entre una larga lista de nombres.

—Lo dices como si fuera una cosa fácil.

—Y lo es —dijo Ryder—. Ya lo verás.

—Sin embargo, me gustaría pensarlo un poco.

—Nada de eso —dijo Ryder, con firmeza—. Ni ahora, ni cuando todo haya terminado.

Había, seguido el consejo de Ryder, y, en realidad, ésta era la primera vez que pensaba en ello desde hacía semanas. Para la Policía era una cuestión de rutina, y él no era más que un ex empleado del Metro en una lista de centenares de ellos. Nada le pasaría.