Pelham 123
Bud Carmody
Llegó un tren que marchaba en dirección Norte, se detuvo frente al otro andén y arrancó de nuevo. El A.T. volvió la cabeza y vio que Ryder le estaba mirando. En seguida miró al frente e irguió la espalda. Su hombro más bajo se elevó, lo cual mejoró su aspecto.
Bud Carmody
En cuanto un convoy abandonaba la estación, el jefe de tren debía salir de su cabina y prestar a los pasajeros la ayuda y la información que éstos le pidiesen. Bud Carmody sabía muy bien que pocos jefes de tren observaban esta norma. Casi siempre se quedaban en la cabina, viendo desfilar las grises paredes. Pero él no era así. Él cumplía el reglamento, e incluso se excedía en su observación: le gustaba presentarse con pulcritud; le gustaba sonreír y contestar a las preguntas tontas. Le gustaba su trabajo.
Bud Carmody consideraba que su afición a los trenes era cuestión de herencia. Un tío suyo había sido conductor (se había retirado hacía poco, después de treinta años de servicio), y, de muchacho, Bud lo había admirado extraordinariamente. En alguna ocasión —en las tranquilas jornadas domingueras—, su tío lo había metido a escondidas en la cabina e incluso le había dejado tocar los mandos. Por esto, desde pequeño, Bud había deseado ser conductor. Después de terminar la segunda enseñanza, había realizado la prueba de Servicios Públicos y le habían dado a elegir entre jefe de tren del Metro o conductor de autobús. Aunque los conductores de autobús tenían mejor sueldo, no le tentó esta perspectiva; a él le interesaban los ferrocarriles. Ahora, cuando terminase los seis meses de servicio como jefe de tren — sólo faltaban cuarenta días—, se presentaría a exámenes de conductor.
Mientras tanto, lo pasaba bien. Lo había tomado con afición desde el principio, e incluso había disfrutado con el período de adiestramiento; veintiocho días de escuela, seguidos de una semana de prácticas bajo la tutela de un hombre experimentado. Matson, su iniciador en estas prácticas, era un veterano a quien sólo faltaba un año para el retiro. Era un buen maestro, pero estaba amargado y era francamente pesimista en lo tocante al futuro del ferrocarril. Predecía que, dentro de cinco años, sólo viajarían en él los negros y otros de su calaña, eso si no hacían también de conductores. Matson era una enciclopedia ambulante de cuentos de horror, y, si había que darle crédito, trabajar en el Metro era sólo un poco menos peligroso que prestar servicio de primera línea en Vietnam. Según Matson, un jefe de tren del Metro estaba continuamente expuesto a sufrir lesiones, e incluso la muerte, y podía considerarse afortunado al terminar cada jornada.
Muchos empleados viejos —y también algunos jóvenes— referían historias de miedo, y, aunque Bud no los creía mentirosos, lo cierto era que a él no le había ocurrido aún percance alguno. Bueno; en varias ocasiones, los viajeros lo habían incordiado; pero esto era de esperar. Aparte alguna mirada atravesada y algún insulto verbal, no había pasado por ninguna de las tristes experiencias que referían los viejos, como recibir salivazos, palos o cuchilladas; o ser robados; o resultar manchados por los vómitos de los borrachos; o ser atropellados por los estudiantes; o abofeteados por alguien del andén cuando estaban asomados a la ventanilla, al arrancar el convoy. Esta última trastada era la que más temían los jefes de tren del Metro, quienes contaban mil atrocidades a este respecto: uno al que habían metido un dedo en un ojo y que acabó perdiendo éste; otro a quien le habían roto la nariz de un puñetazo; otro a quien habían agarrado de los pelos y que estuvo a punto de saltar por la ventanilla...
—¡Calle Cincuenta y Uno! ¡Estación de la Calle Cincuenta y Uno!
Hizo este anuncio ante el micrófono, con voz clara y animosa, satisfecho de que le oyesen simultáneamente en los diez vagones. Al llegar el tren a la estación, introdujo la llave de contacto en el ojo de la parte baja del tablero y la hizo girar hacia la derecha. Después, insertó la llave de las puertas y, en cuanto se hubo detenido el tren, apretó los botones para abrirlas.
Se asomó a la ventanilla para comprobar la salida y la entrada de viajeros y, después, cerró las puertas, empezando por las de atrás y terminando por las de delante. Observó las luces del tablero, que se había encendido para indicar que todas las puertas estaban cerradas. Arrancó el tren, y él volvió a asomarse a la ventanilla para asegurarse de que nadie era arrastrado. Ésta era una de las cosas que solían omitir los viejos, debido a su morboso temor de ser atacados.
—Próxima parada: estación de Grand Central. La próxima parada es Grand Central.
Salió al vagón y se apoyó en la portezuela. Cruzó los brazos sobre el pecho y observó a los pasajeros. Era su pasatiempo predilecto. Jugaba a adivinar, fundándose en el aspecto y las actitudes de los pasajeros, algunas circunstancias de sus vidas: qué clase de trabajo hacían, cuánto dinero ganaban, dónde y cómo vivían, incluso la estación en que iban a apearse. En algunos casos, resultaba fácil: chicos de recados; mujeres con aire de amas de casa, de criadas o de secretarias; viejos jubilados. Pero otros, principalmente los de clase acomodada, representaban verdaderos desafíos a su ingenio. Aquel hombre bien vestido, ¿era maestro, abogado, corredor de comercio, ejecutivo de una empresa? En realidad, salvo en las horas punta, no había mucha gente acomodada que viajase en el IRT; menos de un tercio de los que lo hacían en el BMT y en el IND. Él no habría podido explicar la razón de ello. Tal vez era cuestión de trayectos, de barrios más distinguidos; pero era difícil demostrarlo. Tal vez se debía al hecho de que el IRT era el más antiguo de los tres servicios, con menos trayectos y menos unidades (por esto su período de aprendizaje había sido de sólo veintiocho días, mientras que en los otros servicios era de treinta y dos); pero tampoco esto podía demostrarse con certeza.