Pelham 123
Capítulo XXII
Tom Berry
Con el primer impacto de la explosión, Tom Berry se encogió hasta adoptar la posición fetal y, al hacerlo, sufrió otra lesión, esta vez leve. Su rodilla chocó contra un objeto duro y le causó un vivo dolor. Mientras se pasaba la mano por la rodilla, levantó la cabeza unos centímetros y vio a uno de los secuestradores tendido en el suelo. Era el que tenía pinta de chulo, y Berry dedujo que la explosión lo había derribado. Luego, vio que el jefe se sacudía el abrigo y dedujo que la explosión no había tenido nada que ver con aquello, que el jefe había disparado contra el chulo a través del bolsillo de su gabán.
De pronto, Berry recordó, esperanzado, el objeto con el que había chocado su rodilla. Palpó frenéticamente el mugriento suelo y encontró su pistola.
Rodó sobre el estómago, sin salir del refugio de la pilastra, y apoyó el breve cañón del arma en la muñeca izquierda. Buscó al jefe a través de la mira de la pistola, pero el hombre había desaparecido. Después lo vio. Estaba inclinado sobre el cuerpo del chulo. Lo oyó disparar y vio moverse la cabeza del caído. Entonces, el jefe desabrochó el abrigo del chulo y le quitó algo a éste. Era el chaleco del dinero. Berry vio que lo pasaba por encima de los hombros del hombre más bajito y que lo sujetaba.
Tenía la vista turbia. Cerró un momento los ojos, apretando los párpados, para aclararse la visión. Cuando los abrió de nuevo, el hombre bajito desaparecía por una abertura de la pared del túnel, seguido del más corpulento. Berry apuntó a la ancha espalda de este último y apretó el gatillo. Vio que el hombre se estremecía y caía pesadamente de espaldas. Berry levantó con rapidez la pistola, buscando al jefe; pero éste había desaparecido.
Anita Lemoyne
Anita Lemoyne se tambaleó en la parte delantera del vagón. Detrás de ella, el viejo, erigido en profeta, se mantenía firme. Anita, esforzándose por resistir los vaivenes del coche, miró por la ventanilla. Las vías, el túnel, los postes, pasaban velozmente junto al vagón, como absorbidos por un potente aspirador. Pasó una estación, un oasis de luz con numerosos grupos de personas. Dos nombres. ¿Brooklyn Bridge — Worth Street? Tres o cuatro más hasta South Ferry, la última parada. Y después... ¿qué?