Pelham 123
Ryder
Berry sonrió y palpó el bulto que formaba la pistola sobre su piel. El tren se detuvo, y él abrió los ojos para comprobar la estación en que se hallaban. Veintiocho. Tres paradas más, un paseo de cuatro manzanas, cuatro empinados tramos de escalera... ¿Era la perversidad de sus relaciones lo que le atraía? Meneó la cabeza. No. Ansiaba verla. Ansiaba su tacto, incluso su ira. Volvió a sonreír, recordando y previendo, en el momento en que se abrían las puertas.
Ryder
Mientras esperaba la llegada del Pelham Uno Dos Tres, Ryder miró a los que se hallaban donde pararía el primer vagón y los observó sin demasiada curiosidad. Eran cuatro, cuatro de los que querían ir los primeros. Un joven negro, con su traje de fantasía y sus ojos acostumbrados a mirar la muerte. Un puertorriqueño, delgado, menudo, con una manchada guerrera verde de campaña. Un abogado —al menos, parecía un abogado—, con una cartera de documentos, sus ojos penetrantes y su aspecto reflexivo. Un muchacho de unos diecisiete años, cargado de libros de texto, gacha la cabeza y con la cara llena de granos. Cuatro. «No cuatro personas —pensó Ryder—, sino cuatro unidades.»
Tal vez lo que iba a pasar los curaría de su manía de meterse en el primer vagón.
Llegó el Pelham Uno Dos Tres. Las luces de posición, ámbar y blanca, de su techo, parecían dos ojos de colores distintos. Debajo de ellas, los constreñidos focos, que eran los verdaderos ojos del tren, parecían oscilar, por un efecto óptico, como llamitas de vela agitadas por el viento. Como de costumbre, el tren pareció llegar con demasiada velocidad para poder detenerse. Pero lo hizo con mucha suavidad. Ryder esperó que los otros se acercaran a la puerta y entrasen. El elegante negro se dirigió a la mitad delantera del vagón, y los otros fueron a situarse en la de atrás. Él cogió sus maletas, llevándolas ambas en la mano izquierda, cosa un tanto extraña y que hacía que su hombro se doblase bajo el peso. Avanzó sin apresurarse, con la mano derecha metida en el bolsillo del impermeable, donde se cerró sobre la pistola.
El conductor estaba asomado a la ventanilla, mirando a lo largo del andén y observando a los pasajeros que entraban en el convoy. Era un hombre de edad madura, de rostro colorado y cabellos de un gris tirando a plata. Ryder apoyó el hombro en la pared del vagón, y en el mismo momento en que el conductor se dio cuenta de que un obstáculo impedía su visión del andén, le tocó la sien con el cañón de su pistola.
La vista de la pistola, o el contacto de ésta con su carne, o, simplemente, la inesperada presencia de Ryder, hicieron que el conductor echase la cabeza atrás, cediendo a un reflejo violento, y se diese con ella en el marco de la ventanilla. Ryder introdujo la mano por la ventana, y esta vez apoyó cuidadosamente la pistola en la mejilla del conductor, justo debajo de su ojo derecho.
—Abra la puerta de la cabina —dijo.
Su voz era tranquila, sin inflexiones. El conductor tenía lacrimosos los ojos azules y parecía deslumbrado. Ryder apretó la pistola y notó cómo ardía la carne de la mejilla bajo la presión.
—Escuche bien. Si no abre la puerta de la cabina, lo mataré.
El conductor asintió con la cabeza, pero no se movió. Parecía atontado, paralizado. Su tez colorada se había vuelto gris.
Ryder habló entonces más despacio:
—Voy a decírselo una vez más, y, después, le saltaré la tapa de los sesos. Abra la puerta de la cabina. Nada más. Y no haga el menor ruido. Limítese a abrir la puerta, en seguida. Vamos.
El conductor movió la mano, tocando la puerta de acero y deslizándola a ciegas hasta tocar la cerradura. Le temblaban los dedos, pero descorrió el cerrojo y Ryder oyó el débil chasquido del pestillo. Se abrió la puerta y Longman, que esperaba en el interior del vagón, se deslizó en la cabina con su paquete. Ryder apartó la pistola de la cara del conductor y volvió a meterla en su bolsillo. Después introdujo sus maletas en el tren. En cuanto estuvo dentro, se cerraron las puertas. Las sintió deslizarse detrás de su espalda.