Pelham 123
Longman
—Perdone. Ha sido un movimiento automático. El pie se movió solo y...
No terminó la frase. Su rostro se contrajo en una mueca de excusa, que era casi de remordimiento.
—Pelham Uno Dos Tres, ¿me oye? —La voz de la radio hizo una pausa—. Pelham Uno Dos Tres, conteste. Hable, Pelham Uno Dos Tres.
Ryder procuró borrar aquella voz de su conciencia. En este momento, Longman debía de estar en la cabina del segundo vagón, con la puerta cerrada, acopladas la empuñadura del freno y las dos llaves. La acción de desenganchar los vagones, aunque hubiese alguna junta enmohecida, debía llevarle menos de un minuto...
—Centro de Control llamando a Pelham Uno Dos Tres. ¿Me oye? Conteste, por favor, Pelham Uno Dos Tres... ¡Hable, Pelham Uno Dos Tres!
El conductor dirigió a Ryder una mirada francamente suplicante. Por un momento, su sentido del deber y el temor a una acción disciplinaria prevalecieron sobre el miedo a perder la vida. Pero Ryder meneó severamente la cabeza.
—¡Pelham Uno Dos Tres! Pelham Uno Dos Tres, ¿dónde diablos está?
Longman
Los pasajeros se convirtieron en una masa amorfa, mientras Longman se dirigía a la parte posterior del vagón. No se atrevía a mirarles, por miedo a llamar la atención, a pesar de que Ryder le había asegurado que tendría que caerse de narices para que se fijasen en él («eincluso entonces —le había dicho Ryder—, la mayoría de ellos fingirían no haberse dado cuenta»). Welcome le estaba esperando con una aviesa sonrisa y, como de costumbre, la sola presencia de Welcome le puso nervioso. Era un anormal, un loco. ¡Un hombre al que habían expulsado de la Mafia por su mal comportamiento!
La sonrisa de Welcome se desvaneció al acercarse Longman, y el primero permaneció plantado delante de la puerta. Por un momento, Longman tuvo el convencimiento de que Welcome no se movería, y el pánico empezó a subir en su interior como la columna de mercurio de un termómetro. Pero entonces Welcome se apartó a un lado, sonrió en tono de burla y abrió la puerta. Longman respiró profundamente y siguió adelante.
Se detuvo entre los dos coches, observando, debajo de las planchas metálicas, los gruesos cables eléctricos que transmitían la fuerza de un coche a otro, y el fuerte acoplamiento de los enganches. Se abrió la puerta del segundo vagón y vio a Steever sujetando el tirador. El jefe de tren, un joven asustado, estaba junto a él. Steever le dio la llave que había arrancado al jefe de tren. Longman abrió la puerta de la cabina y penetró en ésta. Volvió a cerrar y empezó a montar los instrumentos. Dejó en su sitio la empuñadura del freno y buscó en su bolsillo la llave del motor. Era una manija parecida a una llave inglesa de unos 12 cm de longitud y de brillante superficie, que se adaptaba perfectamente a un vástago situado en la parte plana del aparato de mandos y que, según su posición, haría que el tren se moviese hacia delante o hacia atrás. Por último, colocó la llave de desenganche, parecida a la anterior, pero con la cabeza algo más pequeña.
Salvo en los talleres, raras veces tenían los conductores ocasión de desenganchar o dar marcha atrás a un convoy; pero la maniobra era bastante sencilla. Longman hizo girar la llave de desenganche, y se abrieron los enganches entre el primer vagón y el segundo. Entonces colocó la otra llave en posición de marcha atrás, apretó el contacto, y los enganches abiertos se separaron suavemente, mientras los nueve vagones retrocedían despacio. Calculó una distancia de unos 50 metros y accionó delicadamente el freno. El tren se detuvo. Longman desprendió la empuñadura del freno y las dos llaves, se las metió en el bolsillo y salió de la cabina.
Acá y allá, un pasajero se agitaba impaciente por el retraso, que era ya de varios minutos; pero nadie parecía alarmado. Tampoco parecía preocuparles que el tren hubiese dado marcha atrás. En cambio, los de la Torre sí que debían de estar preocupados. Longman se imaginaba lo que estaría pasando en la Torre.
Steever abrió la puerta posterior para dejarle pasar. Longman avanzó hasta el borde de la plancha metálica, se agachó para amortiguar el golpe y saltó al piso de cemento de las vías. El jefe de tren saltó después, y, por último, lo hizo Steever. Caminaron rápidamente por el túnel en dirección al primer coche. Welcome abrió la puerta, pisó la plancha y, agachándose, alargó una mano para ayudarles a subir.
Longman se sintió aliviado al ver que no intentaba hacer tonterías.