Pelham 123
Ryder
—Está parado —dijo Marino.
—Ya lo veo —dijo Dolowicz—. ¿Desde cuándo?
—Dos o tres minutos.
—Bueno, llame al Centro de Control y dígales que se pongan al habla con el conductor.
—Ya lo he hecho —dijo Marino, amoscado—. Están tratando de comunicar con él. Pero no contesta.
Dolowicz sabía que el hecho de que un conductor no contestase a una llamada por radio podía deberse a muchas razones, la primera de las cuales era que no estuviese en la cabina, que hubiese salido a reparar una conexión accidentalmente averiada o a sujetar una puerta que había quedado abierta. De producirse una avería más grave, habría llamado pidiendo un remolque. Pero, en todo caso, había que informar por radio al Centro de Control.
Sin dejar de mirar el Tablero Modelo, dijo a Marino:
—A menos que sea un estúpido, si no ha llamado al Centro de Control, es porque su radio está averiada. Y el muy holgazán no se toma el trabajo de buscar un teléfono. Hoy, todo les resulta demasiado fácil.
Cuando él había ingresado en el servicio, no existía la radio de doble dirección. Si un conductor se hallaba en apuros, tenía que abandonar la cabina y dirigirse a uno de los puestos telefónicos instalados a intervalos de 150 metros en el túnel, y servirse de él. Estos teléfonos estaban aún allí, para utilizarlos si no había más remedio.
—Ese idiota se llevará una buena sanción —dijo Dolowicz. La bolsa de gases le oprimía el corazón. Trató de eructar, pero no lo consiguió—. ¿Qué tren es?
—El Pelham Uno Dos Tres —respondió Marino—. ¡Mire! Empieza a moverse. —Después, el asombro hizo que elevase el tono de la voz—. ¡Cielo santo! ¡Se mueve hacia atrás!
Ryder
Cuando Longman llamó con los nudillos a la puerta metálica de la cabina, Ryder le hizo esperar un momento para abrir la maleta color castaño y sacar de ella su metralleta. El conductor jadeó. Ryder abrió la puerta, y Longman entró.
—Ponte la máscara —dijo Ryder. Dio una patada al paquete de Longman, y añadió—: Y saca el arma.
Salió de la cabina y cerró la puerta, con la metralleta colgando verticalmente junto a su pierna. En el centro del vagón, sin esforzarse ya en pasar inadvertido, Steever sacó su pistola de la caja de floristería, que aparecía ahora abierta por el centro, precisamente en el sitio que había ocupado el marbete. En la parte posterior del vagón, Welcome se levantó de la maleta en que había estado sentado. Sonreía y cubría con su metralleta toda la longitud del pasillo.