Pelham 123
Capítulo XXIII
Clive Prescott
Prescott no comprendió cómo podía funcionar un tren sin un conductor que accionase los mandos, pero percibió la urgencia de la voz del teniente Garber. Soltó el teléfono y corrió, gritando, hacia Correll.
—¡Nadie conduce el tren! —gritó al oído de Correll—. Tiene que pararlo!
Correll dijo:
—Un tren no puede funcionar solo.
—Pues lo hace. De algún modo, consiguieron fijar el regulador. Y marcha solo. No discuta. Está cerca de South Ferry; de allí pasará a Bowling Green y se estrellará contra la parte posterior del tren parado en la estación. ¿Puede encender una señal roja y hacer que funcione el freno automático? ¡De prisa, por el amor de Dios!
—¡Santo cielo! —exclamó Correll, y Prescott comprendió que ahora creía—. La Torre puede detenerlo, si llegamos a tiempo.
Giró hacia la mesa y, en aquel preciso instante, hablaron desde la Torre de Nevins Street:
—El Pelham Uno Dos Tres acaba de pasar por la estación de South Ferry, a unos sesenta kilómetros por hora, y se dirige a la curva...
Prescott lanzó un gemido. Pero Correll, inexplicablemente, sonrió.
—No se preocupe —dijo—. Detendré ese maldito tren.
Su sonrisa era magnífica cuando se arremangólas mangas de la camisa, como un prestidigitador, y, agitando las manos en el aire, dijo:
—¡Atención! Pelham Uno Dos Tres, ¡el jefe de servicios te ordena que te detengas!
Prescott se arrojó sobre Correll y empezó a estrangularlo con las manos.
Fueron necesarios cuatro auxiliares de Correll para obligarlo a soltar su presa, y otros refuerzos, para derribarlo y sujetarlo contra el suelo. Después, con tres hombres sentados encima de él y otros dos sujetándole los brazos, le contaron lo de la señal automática.
—Hay una señal automática en la curva —le dijo, tranquilamente, un auxiliar de cabellos blancos que tenía un cigarro entre los labios. Si un tren toma la curva a velocidad excesiva, como hará éste, o como lo ha hecho ya, la luz se pone roja, activa los frenos automáticos y el tren se detiene.
Tumbado en su silla, en medio de otro pequeño grupo, Correll se frotaba el cuello y graznaba roncamente.
—Lo sabía —dijo el hombre de los cabellos blancos, señalando a Correll con la cabeza—. Ha sido una de sus pequeñas bromas.