Pelham 123
El comisario del distrito
La ira de Prescott se había mitigado, pero no extinguido del todo.
—Por eso traté de estrangularlo —dijo—. No tolero las bromitas.
El comisario del distrito
—¿Motor amañado, y nadie en la cabina? —gritó el comisario del distrito, repitiendo el mensaje de la radio.
—Sí, señor. Bien, señor.
El comisario del distrito se inclinó hacia el chófer.
—Vuelva a Union Square. A toda velocidad. Olvide los reglamentos.
Al girar el coche hacia la derecha, levantándose sobre dos ruedas, dijo al jefe de Policía:
—¿Por qué me negaría a dejarme llevar por el instinto? Están allí.
—Estaban —dijo el jefe de Policía—. Nos han dado esquinazo, Charlie.
—De prisa. ¡Más de prisa! —gritó el comisario del distrito.
—Una docena de coches llegará antes que nosotros —dijo el jefe de Policía—. Pero también ellos llegarán demasiado tarde.
El comisario del distrito entrechocó ambos puños, dislocándose la muñeca izquierda y rompiéndose dos nudillos.
Anita Lemoyne
Alguien maldecía al viejo, y, cuando Anita Lemoyne miró por encima del hombre para ver lo que ocurría, al menos doce pasajeros se dirigían a la parte traseradel vagón. El crítico teatral estaba todavía junto a ella, pero, de pronto, pareció perder todo su entusiasmo. Murmuró algo y se alejó. Ella vio que también se dirigía a la parte posterior.
El viejo permanecía sentado, con la cabeza inclinada y los labios temblorosos. ¿Por qué diablos lloraba el hombre de las imaginarias luces rojas? ¿Acaso no había vivido bastante? A su lado, el belicoso negro seguía también sentado, pero muy tieso, levantada la barbilla, cruzadas las largas piernas y balanceando tranquilamente uno de los pies. Bien. Al menos él moriría dignamente. «Él y yo: un orgulloso y condenado negro, y un pedazo de carne blanca que empezaba a envejecer. ¡Oh, sí! Y la vieja borracha, aún dormida, aún babeando, envuelta en hedores y soñando en su próxima botella. ¡Vaya un trío!»
El coche entró en la estación de South Ferry y se repitió la ya familiar escena de la gente agitando los puños en el andén. Volvieron a sumirse en la oscuridad del túnel. Y ahora, ¿qué? Al frente, Anita vio encorvarse la pared del túnel, y supo lo que iba a pasar. Su velocidad era excesiva. Las ruedas saltarían de los raíles, y el tren se estrellaría contra las paredes, contra las pilastras... Afirmó los pies en el suelo, separando las piernas, y entonces vio la señal roja y una luz blanca debajo de ella. Bueno, a fin de cuentas, el viejo había tenido razón. Pero era demasiado tarde; ya entraban en la curva...